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Sensus Fidelium

Una fe que no se piensa, es una fe muerta

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jueves, 28 de octubre de 2010

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Visitas...

La Fiesta de Todos los Santos es una de las Solemnidades religiosas que, tanto creyentes como no creyentes, viven en un especial recogimiento visitando a aquellos que ya nos han dejado. Hoy en día el primero de noviembre es uno de los pocos momentos en que guardamos silencio, compramos flores, arreglamos las lápidas limpiándolas e incluso llevando algunos presentes que nos evocan a aquellos que algún día nos dejaron su huella en nuestro caminar.

Me acuerdo de las veces que veía a mi padre que solemnemente preparaba las bolsas con todo aquello que había que llevar para limpiar la cripta de mis abuelos paternos, misma solemnidad que hacía para llevar a cabo su limpieza, de forma pausada y diligente a la vez, todo para que se viera blanqueada después de meses de lluvia, tierra y barro; para culminar con la belleza de las flores que han abierto sus botones para mostrar la belleza de los colores. Es uno de los ritos que más me marcaron de por vida.

Hoy, el testimonio ha cambiado, me ha tocado limpiar, pulir y ornamentar aquella lápida que lleva el nombre de aquel que me enseñó que nunca hay que olvidar de quién te ha dado la vida, pues donde está ahora nos encontraremos nuevamente.

Estas visitas son, en el fondo, un recuerdo anticipado de la esperanza pues aquí no está el fin de la historia. En mi corazón todavía grito que quiero encontrarme con aquel que ha marchado, y que algún día nuevamente estaremos juntos. Estas visitas también remecen mi corazón, porque como ser humano me remece el dolor de la pérdida, el dolor de no estar con aquellos a quienes amo, y el temor de no vivir plenamente mi propia existencia. Estas visitas son un canto de esperanza, porque la muerte no es la última palabra, porque la muerte es el silencio previo a la gran sinfonía del canto de la resurrección.

Todos Los Santos, es un buen momento para poder hacer visitas, especialmente porque aquellos que no hemos podido ver durante mucho tiempo, seguirán ahí, no en la tumba, sino que en nuestro corazón.
Escrito por: Cristian Ahumada - 21:34

sábado, 9 de octubre de 2010

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Cuando son palabras las que nos faltan

Es un hecho que el uso del lenguaje en Chile es paupérrimo, reducimos los sustantivos, los calificativos, verbos y adjetivos, es muy común ver que en cualquier diálogo o declaración leemos o escuchamos: "La cuestión,... la situación,... la que,... la cual,... Simplemente vergonzoso para una cultura que tiene uno de los idiomas más ricos y enriquecedores del planeta.

Como decía Martin Heidegger: "La Palabra es la morada del Ser", que podamos señalar con palabras la flor, una familia, algo tan concreto y junto con ellas hablar del amor, del valor, que son virtudes tan abstractas cobijadas en el lenguaje humano, y que todos nos podamos entender con ellas, de veras es un salto cualitativo de nuestra especie. Una palabra puede tener muchos significados y eso es por el uso que le damos, y con el paso del tiempo se van habituando, en otros casos llegamos a forzar a las palabras para que contengan algo que en su génesis nunca tuvieron, y ello es simplemente por la comodidad. Nuestra modulación nos lleva a dificultar el entendimiento, estar cabizbajos sin levantar la voz. Un regalo tan precioso que nos lleva a perder el don más grande que tiene la humanidad: la comunicación. ¿Afecta eso a la relación con Dios?

En una primera y simple respuesta, más de alguno diría pero si las palabras sobran frente a Dios, y que en el corazón de las personas se centra la comunicación con Dios. Es cierto, y a la vez es profundo, pero en el corazón de esta experiencia está el deseo de comunicar, nos hemos diferenciado de las distintas especies porque podemos hablar: verbalizar las ideas, sentimientos, experiencias; podemos también capturar el tiempo con el lenguaje, porque somos capaces de conjugarlo, y a la vez, somos capaces de transmitir emociones nuestras acciones y experiencias. La comunicación es hacer partícipe al otro de aquello que estoy viviendo y he vivido, y que quiero vivir (a futuro). Pero en Chile estamos siendo testigos del empobrecimiento del uso de las palabras, pero a la vez se reemplazan las palabras por sustantivos y calificativos que tienen que ver con la genitalidad. Ese fenómeno es conocido como coprolalia. Y este fenómeno es una enfermedad psiquiátrica que cae cerca de la esquizofrenia.

Una persona que no tiene muchas palabras no tiene muchas ideas para pensar, y por tanto, tampoco será capaz de expresar las experiencias que vive en su profunda densidad de la experiencia misma de la fe. Si continuáramos con este proceso lógico, y, haciendo un poco de teoficción ¿qué hubiese pasado si los evangelistas hubiesen tenido un lenguaje paupérrimo? Muchos de los conceptos que tenemos hoy en la Iglesia no existirían -Esta es una de las razones por las que nos encontramos hoy con jóvenes que no entienden muchos de los misterios de la fe que se anuncian y enuncian-. La humildad no tiene nada que ver con la pobreza del vocabulario, y en Chile mismo cuando más uno se acerca al mundo del campo menos uso de la coprolalia; y, en caso contrario, el lenguaje es más rico que el usamos en la ciudad, y los rezos y oraciones que nos encontramos en la tradición oral es mucho más enriquecedora que lo que vemos en varias prédicas de la gente que nos tiene que instruir en la fe, ¿esto para poder llegar a la gente?.

Desde la experiencia bíblica, recordemos que tanto el antiguo como el nuevo Testamento nos hablan de la palabra, también muchas de las religiones antiguas nos relatan que el mundo conocido surge como la palabra proferida para que exista, es en el fondo que las palabras le dan un sentido a la existencia; por tanto sin palabras este mundo no cobra su sentido profundo. Para muchos también está el mundo de la oración cristiana, que aparte de los rezos y jaculatorias que se puedan tener está el deseo del corazón mismo de entablar un diálogo amoroso con aquél que es amor. Una oración se empobrece, cuando las palabras no están ahí para expresar lo que se quiere decir, y cuando son las palabras las que nos faltan nos sentimos pobres, y tratamos de justificarnos con que estamos ante el mundo del misticismo. El misticismo es el encuentro con aquel que es el repleto de palabras, pero que ante él, que es la palabra, nos callamos. ¿Pero cómo somos capaces de compartirlo?

Habrá que ser capaz de seguir leyendo a aquellos que con sus palabras nos muestran estos caminos de encuentro y de oración. Teresa de Ávila y Juan de la Cruz son buenos ejemplos en que las palabras no entorpecen, sino que invitan al encuentro con aquel que es el amor de los amores.
Escrito por: Cristian Ahumada - 17:47