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Sensus Fidelium

Una fe que no se piensa, es una fe muerta

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lunes, 30 de agosto de 2010

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Nuestras deudas...

Cuando hablamos de las teologías latinoamericanas, y de las reflexiones que se dan en torno a la figura de Jesucristo -cristología-, es tanta la riqueza y diversidad que se presentan que la duda que cabe es: ¿cuál es la imagen de Jesucristo que es más acorde a la fe de la Iglesia? El esfuerzo que hicieron los grandes concilios ecuménicos, más allá del alcance político, fue dar la imagen de uno y el mismo. Es la sentencia clásica: ¿Quién es Cristo?
Hoy sin embargo la fuerza de la atomización de las experiencias de la fe ha ido de la mano con imágenes particulares acerca de Jesús, o mejor dicho, aquellas imágenes de Jesús que más se acomodan a las expectativas que se quieren sobre el mismo.

Hoy, se está dando un fenómeno particular, los esfuerzos de las iglesias hoy en día se centra en buscar una imagen común, la preocupación por la unidad de los miembros se basa en una imagen común, lo irónico -si es posible emplear esta palabra aquí- es que Jesús sigue siendo uno: el de los evangelios. Una de las deudas pendientes que se tienen dentro de las iglesias, incluyendo la católica, es confundir espiritualidad con teologías particulares, creyendo que mi visión parcial de cómo se entiende la relación con Jesús es la única y exclusiva, no apreciando la riqueza que tienen las demás escuelas espirituales.

En otros casos, cuando vemos que la visión de la Iglesia universal, custodia y cuida los principios y fundamentos de su fundador, es bueno pensar en el siguiente criterio: si hay elementos que muestren algún tipo de egocentrismo o de exclusión. Son estos pasos los que nos permitirían librarnos del peso que llevan algunos principios teológicos que caen en el exclusivismo o soberbia teologal. A veces como teólogos latinoamericanos nos centramos más en los medios que en el sentido que da Cristo. Ese esfuerzo es uno de los elementos que sustantivamente ha hecho que el cristianismo en su elemento reflexivo no ha podido "hacer carne" en la vida de la fe en Latinoamérica, más fuerte ha sido el carácter social, celebrativo y de comunión, pero todo eso cae por su propio peso si no va de la mano con la reflexión y una reflexión orante de la experiencia de Jesús.

Seguiré pensando que es posible, antes de que los fieles se aburran de ver un discurso que no cobra sentido, y que no sea acomodaticio de las expectativas que todos queremos tener sobre aquel Jesús que es un paño de lágrimas o una varita mágica que soluciona todo los problemas. Jesús va más allá de los discursos, y más que simples reflexiones; es la vida que vivifica y que santifica. Ahora queda la pregunta: ¿Qué esperanza y qué sentido da seguir a Jesús?
Escrito por: Cristian Ahumada - 20:23

jueves, 12 de agosto de 2010

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Ya, pero todavía no. Hablemos de la Escatología y de la Esperanza

Hace ya dos semanas que la liturgia dominical nos está hablando en las lecturas del evangelio acerca de estar preparados, y mantener viva la luz de la esperanza a la llegada del Señor (Parusía). Lo que sí me ha llamado mucho la atención es que a las misas que he escuchado en Chile, y en las que he participado en la parroquia a la que asisto, se habló más bien de la actitud del cristiano aquí y ahora, del cuidado de los bienes, de la solidaridad, y del compromiso social; pero se hizo muy poca mención de la tensión que debe vivir el cristiano, que "estamos de paso por este mundo", y que nuestra nación definitiva está al lado de Cristo. ¿Qué pasa con el mensaje escatológico y esperanzador?

La escatología nos habla acerca de los últimos tiempos, en que todos nosotros viviremos la "Pascua de la Creación" (tal como lo diría Juan Luis Ruiz de la Peña), en que nuestra historia queda fijada con nuestra muerte, con el juicio (tanto particular, como general), y en que el cielo y el infierno, forman parte de las posibilidades de la libertad humana ante Dios. Y que nosotros confesamos en en Credo. La pregunta que me hago es que en qué momento la fe cristiana se ha estado estableciendo únicamente en la inmanencia de nuestra existencia, y hemos dejado de ver la esperanza cristiana como algo que trasciende a esta misma historia.

Si bien es cierto ya hace mucho tiempo estábamos viendo la imagen de un Jesús lejano, que era más bien un Cristo de visión Alejandrina (en que Jesús es más divino que humano), se pasó, gracias a la reflexión de la teología latinoamericana de la Liberación en un Cristo del Camino, preocupado de la contingencia y de las necesidades del aquí y del ahora, sin dejar mucho espacio al reino de Dios que trasciende a toda la historia. En otras palabras la Teología de la Liberación trataba de encontrar el reinado de Dios en esta historia, transformando las condiciones que hacen inhumanas las relaciones entre las personas; por este motivo el trabajo solidario, el compromiso social, y la transformación de las estructuras de pecado han sido la bandera de lucha de muchos cristianos comprometidos, mas ello también se puede confundir como una lucha ideológica, y de hecho varios cristianos en la década de los 70 cambiaron la fe por las armas, algo gatilló en estas personas para dejar de lado la fe en Jesucristo, y una de las causas es haber perdido cuál es el verdadero horizonte del cristiano.

La Esperanza cristiana, tiene que vivir de la escatología, de aquellas promesas de Dios, en que la transformación de este mundo inmanente se haga por la gracia divina, con la colaboración de nosotros de hacerlo presente en los actos de nuestra vida.

Hoy, en que los referentes sociales que son más escuchados son las obras sociales de la Iglesia, las cuales miran hacia el hombre, que es el fin que tiene Jesús, de venir a salvarlo, viviendo y viviendo bien, ya desde aquí, pero todavía no en la plenitud que le corresponde por ser salvados por Cristo. Los grandes referentes de la fe cristiana en las acciones sociales solidarias, en sus escritos siempre apuntan hacia la esperanza, porque Dios es nuestra meta, y, como diría San Alberto Hurtado, nuestra vida es un disparo hacia la eternidad.
Escrito por: Cristian Ahumada - 08:56

lunes, 9 de agosto de 2010

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Matrimonios y Patrimonios

Hoy más que nunca cuando la semántica y el lenguaje juegan un rol preponderante en las discusiones que se han generado al interior del debate público en América Latina, quiero hacer un comentario acerca de lo que se ha estado dando con el caso de los famosos “matrimonios homosexuales”.
A un par de días en que, tomando la frase de un sacerdote amigo que decía: “El matrimonio homosexual no es un derecho, es un invento semántico para transformar la sodomía en un término socialmente aceptable”. Frase que, al parecer a varios incomoda, y a otros les ha servido para mandar toda su caballería lingüística, histórica y ético religiosa para denostar algo que, según la vida misma, es una vuelta a algo que el mismo san Pablo, tan visionario él, veía como algo que degeneraba al hombre mismo en lo más esencial.
En la lingüística misma, varios me han comentado, y entiendo con claridad, que el lenguaje se hace a la cultura y no la cultura al lenguaje. Pero esta idea no la comparto en su totalidad, el lenguaje se adapta a los momentos de la historia, de ahí que surjan los neologismos, pero también somos herederos de todo un referente cultural, que nos viene dado por el lenguaje, de ahí que es muy valioso el tema de las etimologías de las palabras para descubrir esa primera riqueza en que radica el corazón de la comunicación misma. De hecho tanto la palabra matrimonio como patrimonio son compuestas; patri del latín pater, y matri del latín mater (del padre, de la madre, respectivamente) y monio (del latín monium; las cosas de). Si bien el patrimonio los relacionamos con los bienes heredados y que son dados por el padre, empleamos para hablar del contrato solemne en que un hombre y una mujer se unen para hacer comunidad de vida, con el fin de dar vida, la palabra matrimonio. Por tanto la belleza de la palabra matrimonio va en su finalidad: dar vida, pro-crear. De ahí que, desde el punto de vista de la palabra misma, se encierra tras sí su propia misión: ser dadores de vida. No estoy hablando de custodiarla, ni de administrarla, ni de educar, simplemente el hecho mismo de la procreación humana. Favor, no tomarlo a mal, pero cuando me hablan de matrimonio homosexual y se habla de que ellos son capaces de tener hijos y educarlos se nos va de las manos el tema de la responsabilidad, pueden hacerlo muy bien, pero no son ellos los que generan la vida dada. Por tanto no se puede hablar de matrimonio.
Otros me han hablado de que, si existe la posibilidad de la homosexualidad en la naturaleza, esto ha sido por la voluntad de Dios, y entonces habría que replantearse este tema, teniendo que aceptar este hecho como un “lapsus” que no ha sido recibido dentro de la Biblia, en que habla tajantemente contra las prácticas sodomíticas. Es verdad, y a mí me ha tocado ver que hay ciertos animales que no siguen su propia tendencia sexual, y en la mayoría de los casos la misma naturaleza hace que los de su propia especie los aíslan, ya que no pueden estar dentro del orden que se ha establecido; pero en el caso de los seres humanos tenemos algo que va más allá de la propia naturaleza, que son nuestras elaboraciones de estructuras socio-culturales que nos permiten desarrollarnos e ir incluso más allá de nuestras propias limitaciones (es bello poder ver a ciegos ver, e incluso superar nuestras propias expectativas de vida), pero ello no nos dice que tengamos que ir en contra de nuestra propia línea de vida, que es aquella que nos viene dada por la naturaleza.
En la Grecia que tuvo que predicarse el Evangelio era muy común las prácticas de la porneia, y se hablaba con claridad que el amor más perfecto era entre hombres, y no entre un hombre y una mujer. Algo que parecía común a la luz de la fe era reprochable, condenado por el Señor, y castigado, San Pablo tiene en mente el castigo que sufrieron los habitantes de Sodoma, que querían conocer a los invitados de Lot. En el fondo, para Pablo este tipo de prácticas, en vez de alzar al hombre al encuentro de Dios, lo llevaba a su degradación y al desencanto de la vida, porque no encontraría un verdadero sentido trascendente del amor.
He conocido el caso de varios homosexuales que, quieren que su amor sea reconocido, saben cuál es la diferencia de matrimonio y de uniones de hecho; y algunos con claridad y sin odiosidad quieren un reconocimiento de su unión, porque viven en comunidad de bienes, pero no quieren hablar de matrimonio, simplemente que, cuando se termine el caminar juntos, todo lo que tienen pasen al que ha sido su compañero en años. Esto que escribo me lleva a pensar que más que matrimonios homosexuales y su terminología, habría que hablar del patrimonio de la unión de parejas de hecho y de cómo poder ayudar desde aquí.
Escrito por: Cristian Ahumada - 21:38