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Sensus Fidelium

Una fe que no se piensa, es una fe muerta

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lunes, 27 de agosto de 2007

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Benedicto XVI: La verdadera amistad con Cristo nos abre la puerta del Cielo

¡Queridos hermanos y hermanas!

La liturgia de hoy también nos propone una palabra de Cristo iluminadora y al mismo tiempo desconcertante. Durante su último camino hacia Jerusalén, uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Y Jesús respondió: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán» (Lc 13,23-24). ¿Qué significa esta «puerta estrecha»? ¿Por qué muchos no lograr entrar por ella? ¿Se trata tal vez de un paso reservado sólo a algunos elegidos? De hecho, este modo de razonar de los interlocutores de Jesús, mirándolo bien, es siempre actual: siempre está al acecho la tentación de interpretar la práctica religiosa como fuente de privilegios o de seguridades. En realidad el mensaje de Cristo va exactamente en la dirección opuesta: todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es «estrecha». No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto a todos, pero es «estrecho» porque es exigente, requiere empeño, abnegación, mortificación del propio egoísmo.

Una vez más, como en los domingos anteriores, el Evangelio nos invita a considerar el futuro que nos espera y al cual nos debemos preparar durante nuestra peregrinación terrena. La salvación, que Jesús obró con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una única e igual condición: la de esforzarse en seguirle e imitarle, cargando, como Él hizo, con la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Única y universal, por lo tanto, es esta condición para entrar en la vida celestial. El último día –recuerda además Jesús en el Evangelio- no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los «agentes de iniquidad» serán excluidos, mientras que serán acogidos cuantos hayan realizado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. No bastará por lo tanto declararse «amigos» de Cristo jactándose de falsos méritos: «Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13,26). La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna.

Queridos hermanos y hermanas: si queremos también nosotros pasar por la puerta estrecha, debemos empeñarnos en ser pequeños, esto es, humildes de corazón como Jesús. Como María, Madre suya y nuestra. Ella en primer lugar, detrás del Hijo, recorrió el camino de la Cruz y fue elevada a la gloria del Cielo, como recordamos hace algunos días. El pueblo cristiano la invoca como Ianua Caeli, Puerta del Cielo. Pidámosle que nos guíe, en nuestras elecciones diarias, por el camino que conduce a la «puerta del Cielo».
Escrito por: Cristian Ahumada - 06:59

domingo, 26 de agosto de 2007

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La Crisis de fe de Madre Teresa


Notoriedad ha tomado la publicación de cartas y documentos de Madre Teresa de Calcuta que serán publicadas en un Libro próximamente "Come Be My Light", que mostrarían las grandes crisis de fe que sufrió durante cincuenta años. He aquí un artículo se dan algunas pistas de estas crisis.

No sería raro pensar en algunas personas y reportajes de corte "periodístico" con frases que digan que Teresa de Calcuta fue pura "imagen", o simplemente un modelo de marketing de la Iglesia Católica, aseguro que no faltarán. Pero es bueno recordar que todos los santos tienen grandes crisis de fe y que llegan incluso a dudar de la existencia de Dios mismo. Es parte de la experiencia mística de los hombres y mujeres que viven su cercanía de Dios.

Por ejemplo comenzando con los padres de la mística de España: Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, quienes vivieron años de sequía espiritual, y en sus escritos se muestra el deseo de volver a encontrarse con esa fuente viva que los animaba, la noche oscura es una frase que muestra ese deseo de encontrar esa luz que se abre paso en la oscuridad de la duda que los atormentaba.

La misma realidad podemos ver en la Biblia. Sí, en las sagradas Escrituras podemos encontrar textos que son realmente ¡ATEOS!, ya que niegan al Creador por la vida que se da en este mundo sin Dios (Eclesiastés es el libro ateo de la Biblia), en que la gente buena sufre, y en cambio la gente mala la pasa sin ningún problema que los atormente. Otro caso es el libro de Job, el personaje principal, al ver todo perdido -riquezas, familias, salud, y buena fama- duda de Dios, pero sigue siendo fiel a sus promesas: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor".

Madre Teresa vive esta experiencia de soledad y abandono de la "ayuda divina", tal como Jesús mismo en la Cruz: "Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?"

Frente a esta noticia, me cabe una sola palabra: ¡Gracias Señor! Porque si Madre Teresa también vivió momentos de sequía espiritual, también yo puedo llegar a la santidad siendo fiel a tus caminos. No es de temer, sino que es fuente de gran alegría pensar que estos hombres y mujeres de Dios no lo tienen todo dado, sino que es también la constancia de la fe.

Para poder concluir este artículo refirámonos con altura de miras a la palabra fe y crisis: no sólo es confianza, sino que es una acción de libertad en que respondemos a las promesas de Dios, es la respuesta al amor que no vemos, pero que tenemos la certeza que nos acompaña. Fe es responder a ese "primer amor" que seguimos buscando en nuestro caminar. Por otra parte la palabra crisis viene de crisos (oro y purificación), por lo mismo es un momento en que los principios y motivaciones se van limpiando de todo lo que es ajeno a la esencia misma de algo. De ahí que más que un momento de dolor es también una oportunidad de madurar y crecer. Si las crisis de fe son buenas, sí lo son, ya que nos ayudan a madura en quien creemos y en lo que creemos: Jesús que nos amó hasta el extremo para llevarnos al Padre y vivir junto al Espíritu Santo en el misterio de la Trinidad.

Para recordar y Agradecer
Escrito por: Cristian Ahumada - 10:34
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¿Yavé o Jehová?


Del Artículo anterior que escribía sobre los testigos de Jehová, y de varios documentales que se han dado por la televisión por cable últimamente (y, oh coincidencia, de producción norteamericana) se ha leído el nombre de Dios como Jehová, y no Yavé. Además se da que en conversaciones con niños cristianos evangélicos que el nombre que le dan a Dios viene Jehová. ¿Pero es así el nombre de Dios?

Lo que vemos arriba es el llamado Tetragammaton, o el conjunto de letras que nos muestra el nombre de Dios revelado a Moisés (Ex 3, 14). Conocemos cuáles son las consonantes que están esas letras YHWH, pero no sabemos su pronunciación. ¿Por qué?

El respeto del mundo hebreo al leer la Torá (La Biblia hebrea, que no contiene ningún libro del Nuevo Testamento, y algunos libros del Antiguo Testamento que fueron escritos en lengua griega) cuando llegaban al nombre de Dios decían: "Adonai" (el Señor). Entonces en vez de nombrar YHWH es mi Pastor, dicen: "Adonai (El Señor) es mi Pastor".

¿De dónde viene Jehová?

El nombre adonai pasó al mundo griego como Edonas, y se conservaba esta tradición, pero cuando la Biblia comenzó a popularizarse tuvieron que agregar vocales al nombre de YHWH, ¿de dónde se tomaron? del nombre griego de Dios Edonas. Así, haciendo una fusión de los textos tenemos el siguiente resultado:

CONSONANTES Y H W H + VOCALES e o a = YeHoWaH, que cambió a Jehová.

Pero no corresponde a lo que significa el sentido real del Tetragrammaton.

Mi nombre es Yavé, Yo Soy

En el blog de Antonio Piñero aparece la siguiente explicación

Como es obvio por razones gramaticales, Dios usa la primera persona del singular, que pasa a la tercera en boca de terceros. El ´Eheyeh (SOY) en boca de Dios pasa en boca de los hombres a Yiheyeh (ES), que es la forma normal activa o forma kal (prácticamente presente de indicativo), o a Yihweh con la wau primitiva en la segunda radical. El nombre Yahweh es la forma causativa del verbo ser. Por la misma razón, el hombre que se dirige a Dios debería usar la segunda persona “ERES”.

El nombre de Dios viene del verbo ser, pero no con la simple traducción que aparece en las Biblias, sino que es una acción que se dice en presente como promesa a futuro: "Yo soy (aquel) que contigo estará, ahí yo estaré."

Incluso el mismo nombre de Dios se hace promesa, que siempre estará con nosotros, también ahí viene la relación que viene del nombre de Jesús (Dios salva) y de Emmanuel (Dios con nosotros).
Escrito por: Cristian Ahumada - 09:07
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¿Son muchos los que se salvan?

Comentarios que se dan y que tenemos que hacernos cargo, Todos, de un momento a otro, hablamos sobre el fin del mundo y nos preguntamos de los que se salvarían, en especial cuando tenemos hermanos separados, como los testigos de Jehová, que nos intimidan con imágenes apocalípticas catastróficas. Aquí, una reflexión más esperanzadora de las homilías del domingo que entrega Zenit.org

Existe un interrogante que siempre ha agobiado a los creyentes: ¿son muchos o pocos los que se salvan? En ciertas épocas, este problema se hizo tan agudo que sumergió a algunas personas en una angustia terrible. El Evangelio de este domingo nos informa de que un día se planteó a Jesús este problema: «Mientras caminaba hacia Jerusalén, uno le dijo: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?"». La pregunta, como se ve, trata sobre el número, sobre cuántos se salvan: ¿muchos o pocos? Jesús, en su respuesta, traslada el centro de atención de cuántos se salvan a cómo salvarse, esto es, entrando «por la puerta estrecha».

Es la misma actitud que observamos respecto al retorno final de Cristo. Los discípulos preguntan cuándo sucederá el regreso del Hijo del hombre, y Jesús responde indicando cómo prepararse para esa venida, qué hacer en la espera (Mt 24, 3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña o descortés. Sencillamente es la manera de obrar de alguien que quiere educar a sus discípulos para que pasen del plano de la curiosidad al de la verdadera sabiduría; de las cuestiones ociosas que apasionan a la gente a los verdaderos problemas que importan en la vida.

En este punto ya podemos entender lo absurdo de aquellos que, como los Testigos de Jehová, creen saber hasta el número preciso de los salvados: ciento cuarenta y cuatro mil. Este número, que recurre en el Apocalipsis, tiene un valor puramente simbólico (12 al cuadrado, el número de las tribus de Israel, multiplicado por mil) y se explica inmediatamente con la expresión que le sigue: «una muchedumbre inmensa que nadie podría contar» (Ap 7, 4.9).

Además, si ese fuera de verdad el número de los salvados, entonces ya podemos cerrar la tienda, nosotros y ellos. En la puerta del paraíso debe estar colgado, desde hace tiempo, como en la entrada de los aparcamientos, el cartel de «Completo».

Por lo tanto, si a Jesús no le interesa tanto revelarnos el número de los salvados como el modo de salvarse, veamos qué nos dice al respecto. Dos cosas sustancialmente: una negativa, una positiva; primero, lo que no es necesario, después lo que sí lo es para salvarse. No es necesario, o en cualquier caso no basta, el hecho de pertenecer a un determinado pueblo, a una determinada raza, tradición o institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador. Lo que sitúa en el camino de la salvación no es un cierto título de propiedad («Hemos comido y bebido en tu presencia...»), sino una decisión personal seguida de una coherente conducta de vida. Esto está más claro aún en el texto de Mateo, que contrapone dos caminos y dos entradas, una estrecha y otra ancha (Mateo 7, 13-14).

¿Por qué a estos dos caminos se les llama respectivamente el camino «ancho» y el «estrecho»? ¿Es tal vez el camino del mal siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y fatigoso? Aquí hay que estar atentos para no caer en la frecuente tentación de creer que todo les va magníficamente bien, aquí abajo, a los malvados, y sin embargo todo les va siempre mal a los buenos. El camino de los impíos es ancho, sí, pero sólo al principio; a medida que se adentran en él, se hace estrecho y amargo. Y en todo caso es estrechísimo al final, porque se llega a un callejón sin salida. El disfrute que en este camino se experimenta tiene como característica que disminuye a medida que se prueba, hasta generar náusea y tristeza. Ello se ve en ciertos tipos de ebriedades, como la droga, el alcohol, el sexo. Se necesita una dosis o un estímulo cada vez mayor para lograr un placer de la misma intensidad. Hasta que el organismo ya no responde y llega la ruina, frecuentemente también física. El camino de los justos en cambio es estrecho al comienzo, cuando se emprende, pero después se transforma en una vía espaciosa, porque en ella se encuentra esperanza, alegría y paz en el corazón.
Escrito por: Cristian Ahumada - 08:43

miércoles, 22 de agosto de 2007

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A mí no me afecta

Ayer en clases, con mis alumnos de octavo básico, estábamos viendo el fenómeno de la economía en nuestra cultura, y cómo esta ciencia simplemente ve números y fluctuaciones, pero no se preocupa de las personas. Continuaba hablando cuando una alumna me dijo: "¿Por qué no habla de Dios en la clase y estamos hablando de las personas?" Me quedé callado por un momento, y su pregunta me estaba haciendo eco. Le respondí con la frase de Pablo VI en su "Mensaje a la Humanidad" del Concilio Vaticano II:

"El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque abandonamos Roma para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero también con los prodigios conseguidos, sus valores, sus virtudes. El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para una mayor justicia, en su voluntad de paz, en sus sed, consciente o inconsciente, de una vida más elevada; esto es precisamente lo que la Iglesia de Cristo puede y debe dar a los pueblos".
Después de la respuesta, alguien comentó lo siguiente: "Pero profe, si nos preocupamos de los demás, ¿cómo quiere que mi papá nos ayude a nosotros?" Es una de las razones por las que los católicos perdemos credibilidad, porque cuando hablamos de los problemas sociales, viene la frase "¿Y a mí qué?" Es algo que deja lleno de impotencia y dolor, no tan sólo por lo que no se hace, sino por la insensibilidad que se da ante la miseria humana. Dios se encarna en la historia para que el hombre viva y viva bien, Dios se hace pobre para redimir al hombre. La pobreza no es buena para nadie, por ello es que el misterio de la encarnación de Cristo es el misterio de Dios que asume nuestras miserias para rescatarnos de esta situación. Es la misión de Jesús de Nazaret, y es la misión de la Iglesia de Cristo.

Como cristiano ¿qué misión estás llevando a tu vida? ¿Humanizar o responder, como hace la mayoría, ignorar pensando que no afecta?


Escrito por: Cristian Ahumada - 06:38