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Sensus Fidelium

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martes, 30 de mayo de 2006

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La originalidad del misterio cristiano

Hace bastante tiempo quise publicar en el blog este artículo, pero en vistas al boom que se ha dado la Película "El Código Da Vinci", pudo haberse entenderse como una apología de la fe cristiana frente a la película, ya pasada una semana entrego este artículo que, a la vez, proporciona algunos datos que nos pueden hacer percibir la riqueza de la palabra misterio, que ha sido usada por varios sin comprender la profundidad de este contenido.


muerte y resurrecciónEn la época del imperio romano, la cultura estaba en la búsqueda de la inmortalidad, de ahí que varios cultos mistéricos (del griego mystai, aquellos que han recibido un conocimiento que les garantice su eternidad) tuvieran gran aceptación en la sociedad. Los había con mitos cruentos, en que el héroe sufría una muerte espantosa para luego poder volver a la vida, entre ellos se encuentran los cultos de Cibeles y Attis, el culto a Dionisios y Orfeo, junto con el de Mitra. Y también habían cultos a partir de mitos incruentos, como el de Eleusis, y el de Sabazio, que daban más énfasis al matiz del descenso a los infiernos y la vuelta a la tierra de los vivos.


El cristianismo, en esta época estuvo "compitiendo" con estos cultos, que tenían también en sus confesiones de fe elementos como los que aparecen en nuestra confesión "murió, pero resucitó", y "descendió a los infiernos, pero ascendió a los cielos", eso no es exclusivo de la fe cristiana. Y en que el fiel también consigue con su vida este ascenso a los cielos. ¿Cuál es entonces la originalidad del Cristianismo?


Una de las primeras constataciones de la originalidad cristiana es que la fe es histórica. Jesús de Nazaret no es un personaje que se salga de la historia, y eso aparece en nuestra confesión de fe "padeció bajo el poder de Poncio Pilato", hay varias referencias extrabíblicas que nos hablan de la existencia histórica de Jesús, las cuales no son motivo de este escrito y hay varios blogs que hablan de ello. Si comparáramos el misterio cristiano con los cultos mistéricos, ninguno de ellos tiene una referencia histórica, en cambio la muerte de Jesús fue una muerte cruenta constatada históricamente.


Pero ello no elimina del todo la duda de la predicación pascual: "descendió pero ascendió". Para ello es necesario ver el anuncio pascual que realiza San Pablo en su primera carta a los Corintios "Así pues, les he transmitido, en primer lugar, la misma tradición que yo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras..." La Primera referencia de la redacción de esta carta es alrededor del año 57 d.C. y este anuncio ya es algo establecido por todas las comunidades cristianas, siendo de origen judío, no griego, por la constante referencia a las Escrituras. Una fórmula de fe, de origen arameo.


También cabe la referencia del cambio de actitud de los apóstoles para realizar este anuncio, que siendo ignorantes, necios y cobardes, después de la muerte de su Maestro se pensaría en una disolución inminente; pero hubo un cambio que les llevó a anunciar la muerte y resurrección, el descenso y el ascenso a los cielos.


El misterio cristiano, es la salvación que realiza Dios por medio de Jesucristo y que revela, por ende, la gracia de Dios en su invitación a participar de la invitación al reino de Dios. La eucaristía es por lo mismo el memorial de la pasión y muerte de Jesús, y nos muestra el camino de nuestra salvación.


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Escrito por: Cristian Ahumada - 21:42

sábado, 27 de mayo de 2006

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Visita de Benedicto XVI a Polonia

Misa en Varsovia


Para muchos de los que vivimos en América Latina las noticias que ocurren en Europa son poco relevantes, pero quiero destacar hoy en el Blog la visita del Papa a Polonia, ya que reviste un mensaje de reconciliación y, a la vez, una llamada de atención ante la fuerza que está adquiriendo el relativismo en nuestra cultura, por ello les dejo el informe de prensa que prepara la página de Deutsche Welle, sobre la visita de su Santidad a las tierras de su predecesor.


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Escrito por: Cristian Ahumada - 14:05
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No es posible quitar del Evangelio las verdades incómodas, advierte el Papa


De la Agencia de noticias ZENIT.org. Me llama la atención, que en estos días de visita a Polonia haya recalcado la fuerza de la relación entre la verdad y el amor, o mejor dicho el amor y la verdad. Especialmente en la lucha contra el relativismo y la indiferencia frente a la verdad del Evangelio que se ven en el mundo actual.



Al celebrar una multitudinaria misa en la Plaza Pilsudski de Varsovia


 Benedicto XVI alertó este viernes ante los intentos de quitar del Evangelio las verdades incómodas, durante la misa que presidió en la Plaza Pilsudski de Varsovia, ante unas 275.000 personas que desafiaron la intensa lluvia.
Con su acto más multitudinario en la capital polaca, el Santo Padre recordó los 27 años de aquella misa que Juan Pablo II celebró en ese mismo lugar, en su primera visita pastoral a su patria, y que suscitaría un movimiento espiritual de consecuencias decisivas para el bloque soviético.
El obispo de Roma dedicó su homilía a uno de los argumentos que le han apasionado durante toda su vida: la unión íntima entre el amor y la verdad.
«Muchos predicadores del Evangelio han dado la vida precisamente a causa de la fidelidad a la verdad de la palabra de Cristo», dijo el pontífice. Entre los presentes, no faltaban rostros de ancianos con arrugas y cabellos blancos a quienes su condición de cristianos les creaba serios problemas hace tan sólo veinte años.
Y sin embargo, denunció, «al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, querrían falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el mundo moderno».
«Se trata de dar la impresión de que todo es relativo», dijo retomando la preocupación que ya manifestó el cardenal Joseph Ratzinger al celebrar la misa de inicio del cónclave hace algo más de un año.
«Incluso las verdades de fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano --siguió constatando--. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de Verdad»
«Todo cristiano está obligado a confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia en su compromiso por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando ésta es exigente y humanamente difícil de comprender», afirmó.
«No tenemos que caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las Sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede abrir a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación», aseguró.
La cruz de 25 metros de altura que destacaba en la plaza ayudó a los peregrinos a comprender la importancia de las palabras que estaban escuchando.
En la tarde, el Papa viajó en helicóptero a Czestochowa para visitar al santuario mariano de Jasna Gora y encontrarse con los religiosos y representantes de los movimientos. En la noche llegó a Cracovia, donde trascurrió la noche. Este sábado visitará Wadowice, ciudad natal de Juan Pablo II.



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Escrito por: Cristian Ahumada - 10:48

viernes, 26 de mayo de 2006

Nuestro Verdadero Cielo, Según el Predicador del Papa

Entrego la meditación del día domingo, en que celebramos la Ascensión del Señor. Nuestra esperanza es también que la creación viva su propia Pascua.


Ascensión del SeñorLa solemnidad de la Ascensión de Jesús «al cielo» es una ocasión para que nos aclaremos de una vez por todas las ideas sobre qué entendemos por «cielo». En casi todos los pueblos, el cielo se identifica con la morada de la divinidad. También la Biblia utiliza este lenguaje espacial. «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres». Con la llegada de la era científica, este significado religioso de la palabra «cielo» entró en crisis. Para el hombre moderno el cielo es el espacio en el que se mueve nuestro planeta y todo el sistema solar, y nada más. Conocemos la salida atribuida a un astronauta soviético, de vuelta de su viaje por el cosmos: «¡He recorrido mucho el espacio y no he encontrado por ninguna parte a Dios!».

Así que es importante que intentemos aclarar qué entendemos nosotros, los cristianos, cuando decimos «Padre nuestro que estás en los cielos», o cuando decimos de alguien que «se ha ido al cielo». La Biblia se adapta, en estos casos, al modo de hablar popular; pero ella bien sabe y enseña que Dios «está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien «ha creado los cielos», y si los ha creado no puede estar «encerrado» en ellos. Que Dios esté «en los cielos» significa que «vive en una luz inaccesible»; que dista de nosotros «cuanto el cielo se eleva sobre la tierra». En otras palabras, que es infinitamente diferente de nosotros. El cielo, en sentido religioso, es más un estado que un lugar. Dios está fuera del espacio y del tiempo y así es su paraíso.

A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa proclamar que Jesús «subió al cielo»? La respuesta la encontramos en el Credo: «Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Que Cristo haya subido al cielo significa que «está sentado a la derecha del Padre, esto es, que también como hombre ha entrado en el mundo de Dios; que ha sido constituido, como dice San Pablo en la segunda lectura, Señor y cabeza de todas las cosas. Jesús subió al cielo, pero sin dejar la tierra. Sólo ha salido de nuestro campo visual. Él mismo nos asegura: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 16-20. Ndt).

Las palabras del ángel --«Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?»-- contienen por lo tanto una advertencia, si no un velado reproche: no hay que quedarse mirando arriba, al cielo, como para descubrir dónde va a estar Cristo, sino más bien vivir en espera de su retorno, proseguir su misión, llevar su Evangelio hasta los confines de la tierra, mejorar la calidad de la vida en la tierra.

Cuando se trata de nosotros, «irse al cielo» o «al paraíso» significa ir a estar «con Cristo» (Flp 1,23). «Voy a prepararos un lugar... para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,2-3). El «cielo», entendido como lugar de descanso, de la recompensa eterna de los buenos, se forma en el momento en que Cristo resucita y sube al cielo. Nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado, con quien iremos a reunirnos y a hacer «cuerpo» después de nuestra resurrección, y de manera provisional e imperfecta inmediatamente tras la muerte. Por lo tanto Jesús no ascendió a un cielo ya existente que le esperaba, sino que fue a formar e inaugurar el cielo para nosotros.

Hay quien se pregunta: ¿pero qué haremos «en el cielo» con Cristo toda la eternidad? ¿No nos aburriremos? Respondo: ¿aburre tal vez estar bien y con óptima salud? Preguntad a los enamorados si se aburren de estar juntos. Cuando sucede que se vive un momento de intensísima y pura alegría, ¿no nace a lo mejor en nosotros el deseo de que dure para siempre, de que no acabe jamás? Aquí abajo tales estados no duran para siempre, porque no existe objeto que pueda satisfacer indefinidamente. Con Dios es diferente. Nuestra mente hallará en Él la Verdad y la Belleza que nunca acabará de contemplar, y nuestro corazón el Bien del que jamás se cansará de gozar.


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Escrito por: Cristian Ahumada - 06:58

miércoles, 24 de mayo de 2006

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La fe no es una marcha triunfal

De los discursos del Papa Benedicto XVI, que nos recuerda los caminos que ha vivido la Iglesia.


"Pedro, así como los otros apóstoles, tuvo que recorrer un camino lento, no exento de dificultades, para seguir al Maestro. Con su respuesta de fe superó la prueba que la predicación de Cristo sobre la Eucaristía supuso para muchos de los discípulos. Sin duda la suya era una fe inicial, que llegaría a su plenitud en el momento de la Pascua. Sin embargo, el camino de la fe está lleno de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidades. Incluso Pedro llegó a conocer la amargura y la humillación de la negación, llegando a la conversión a través del arrepentimiento.


Junto al lago de Tiberíades Pedro descubre cómo Cristo resucitado se adapta a su pobre capacidad de amar y cómo podrá contar siempre con su presencia. De esto nace la esperanza y la confianza que le permitirán seguirlo hasta el final de su vida, que sellará con el martirio. Y así, él será capaz de describir la verdadera alegría e indicar la fuente dónde se puede conseguir, que es Cristo, creído y amado."


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Escrito por: Cristian Ahumada - 19:44

Nueva Cara

Después de varios trabajos, cambios de códigos, ensayos y errores, me atreví a cambiar la cara de mi blog, es más sencillo, pero no deja de lado los artículos y comentario anteriores. Siguiendo con la misión que tiene un teólogo: dar razón de nuestra Esperanza.


Espero que me digan si los cambios han sido provechosos o si, por el contrario desean que vuelva a su forma primigenia.


Cristián


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Escrito por: Cristian Ahumada - 19:32

domingo, 21 de mayo de 2006

Historia del Dogma Cristológico: Nestorianismo y el Concilio de Éfeso (431)

Una vez que el Concilio de Constantinopla dejara establecida las dos naturalezas de Cristo (Divina y Humana), surgieron nuevas dudas acerca de cómo es posible que estuvieran éstas en unión, especialmente por la devoción que en este tiempo se estaba generando hacia la virgen María ¿por qué se preguntarán? es por la siguiente oración.


Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies la oración de tus hijos necesitados, antes bien líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen Gloriosa y Bendita. Amén


Esta oración hace el siguiente reconocimiento: María como Madre de Dios. Para el Patriarca de Constantinopla, Nestorio, en vez de hablar de Madre de Dios (theotokos), era mejor habla de Madre de Cristo (Christotokos). Porque si Cristo tiene dos naturalezas, también debe tener dos persona, una humana y otra divina; y el único nexo que existiría sería un nexo moral. ¿Qué sentido tendría esto? Que en las acciones normales de la vida estaría actuando simplemente el hombre Jesús, pero que en las acciones portentosas de Dios (milagros, discursos, parábolas) quien estaba actuando era Dios Hijo. Jesús, por lo tanto pasa a ser simplemente el recipiente que contiene a Dios Hijo. Estarían separadas las características humanas (nacer, padecer, morir) de las propiedades o características divinas (omnipotencias, omniciencia, creación).


Varios padres de la Iglesia se opusieron, y fue en el Concilio de Éfeso (431) en donde se condena el pensamiento de Nestorio:


«...habiendo unido consigo el Verbo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado hijo del hombre, no por sola voluntad o complacencia, pero tampoco por la asunción de la persona sola, y que las naturalezas que se juntan en verdadera unidad son distintas, pero que de ambas resulta un solo Cristo e Hijo; no como si la diferencia de las naturalezas se destruyera por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad constituyen más bien para nosotros un solo Señor y Cristo e Hijo por la concurrencia inefable y misteriosa en la unidad... Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la santa Virgen, y luego descendió sobre ÉL el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se somatizó a nacimiento carnal... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen»


La principal consecuencia de esta declaración, es reconocer a María como Madre de Dios, pero también otra consecuencas es lo que en cristología se conoce como "comunicación de idiomas", lo que significa que todo lo que se predica de una persona de la Trinidad (el Hijo) puede ser atribuído a Jesús, y lo predicado del hombre Jesús, puede ser atribuído a uno de la Trinidad (el Hijo). Pero no así se puede predicar acerca de las Naturalezas, por ejemplo: Uno de la Trinidad muere en la cruz es una afirmación correcta, pero no la siguiente: Dios muere en la Cruz.


La unión que existe en Jesús de la naturaleza humana y de la naturaleza divina no es de carácter moral, sino que real, ésta se da porque la hipóstasis de la persona de Jesús y de la persona del Hijo es una, el mismo Verbo de Dios.


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Escrito por: Cristian Ahumada - 09:47

sábado, 20 de mayo de 2006

El "deber" de Amar

Entrego aquí el comentario al Evangelio del Domingo, está tomado de la agencia de noticias Zenit.


El «deber» de amar


«Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado… Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

El amor, ¿un mandamiento? ¿Se puede hacer del amor un mandamiento sin destruirlo? ¿Qué relación puede haber entre amor y deber, dado que uno representa la espontaneidad y el otro la obligación?

Hay que saber que existen dos tipos de mandamientos. Existe un mandamiento o una obligación que viene del exterior, de una voluntad diferente a la mía, y un mandamiento u obligación que viene de dentro y que nace de la cosa misma. La piedra que se lanza al aire, o la manzana que cae del árbol, está «obligada» a caer, no puede hacer otra cosa; no porque alguien se lo imponga, sino porque en ella hay una fuerza interior de gravedad que la atrae hacia el centro de la tierra.

De igual forma, hay dos grandes modos según los cuales el hombre puede ser inducido a hacer o no determinada cosa: por constricción o por atracción. La ley y los mandamientos ordinarios le inducen del primer modo: por constricción, con la amenaza del castigo; el amor le induce del segundo modo: por atracción, por un impulso interior. Cada uno, en efecto, es atraído por lo que ama, sin que sufra constricción alguna desde el exterior. Enseña a un niño un juguete y le verás lanzarse para agarrarlo. ¿Qué le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo. Enseña un Bien a un alma sedienta de verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién la empuja? Nadie; es atraída por su deseo.

Pero si es así --esto es, somos atraídos espontáneamente por el bien y por la verdad que es Dios--, ¿qué necesidad había, se dirá, de hacer de este amor un mandamiento y un deber? Es que, rodeados como estamos de otros bienes, corremos peligro de errar el blanco, de tender a falsos bienes y perder así el Sumo Bien. Como una nave espacial dirigida hacia el sol debe seguir ciertas reglas para no caer en la esfera de gravedad de algún planeta o satélite intermedio, igual nosotros al tender hacia Dios. Los mandamientos, empezando por el «primero y mayor de todos» que es el de amar a Dios, sirven para esto.

Todo ello tiene un impacto directo en la vida y en el amor también humano. Cada vez son más numerosos los jóvenes que rechazan la institución del matrimonio y eligen el llamado amor libre, o la simple convivencia. El matrimonio es una institución; una vez contraído, liga, obliga a ser fieles y a amar al compañero para toda la vida. Pero ¿qué necesidad tiene el amor, que es instinto, espontaneidad, impulso vital, de transformarse en un deber?

El filósofo Kierkegaard da una respuesta convincente: «Sólo cuando existe el deber de amar, sólo entonces el amor está garantizado para siempre contra cualquier alteración; eternamente liberado en feliz independencia; asegurado en eterna bienaventuranza contra cualquier desesperación». Quiere decir: el hombre que ama verdaderamente, quiere amar para siempre. El amor necesita tener como horizonte la eternidad; si no, no es más que una broma, un «amable malentendido» o un «peligroso pasatiempo». Por eso, cuanto más intensamente ama uno, más percibe con angustia el peligro que corre su amor, peligro que no viene de otros, sino de él mismo. Bien sabe que es voluble, y que mañana, ¡ay!, podría cansarse y no amar más. Y ya que, ahora que está en el amor, ve con claridad la pérdida irreparable que esto comportaría, he aquí que se previene «vinculándose» a amar para siempre. El deber sustrae el amor de la volubilidad y lo ancla a la eternidad. Quien ama es feliz de «deber» amar; le parece el mandamiento más bello y liberador del mundo.



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Escrito por: Cristian Ahumada - 14:00

martes, 16 de mayo de 2006

Un Artículo de CESNUR(Centro de Estudios Sobre Nuevas Religiones) acerca de "El Código da Vinci".

Logo de CesnurEste artículo que encontré sobre el "Código Da Vinci", trata de explicar en sencillas palabras de la traducción del italiando Máximo Introvigne, director de CESNUR, los cinco temas fundamentales que son la base del cuestionamiento hacia los fundamentos de la fe. Descarga el artículo desde aquí.



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Escrito por: Cristian Ahumada - 19:46

La sucesión Apostólica

De las audiencias de los miércoles de Benedicto XVI:



Benedicto XVI"En las últimas dos audiencias hemos meditado en lo que significa la Tradición en la Iglesia y hemos visto que es la presencia permanente de la palabra y de la vida de Jesús en su pueblo. Pero la palabra, para estar presente, necesita una persona, un testigo. Así nace esta reciprocidad: por una parte, la palabra necesita la persona; pero, por otra, la persona, el testigo, está vinculado a la palabra que le ha sido confiada y que no ha inventado él. Esta reciprocidad entre contenido —palabra de Dios, vida del Señor— y persona que la transmite es característica de la estructura de la Iglesia. Y hoy queremos meditar en este aspecto personal de la Iglesia.

El Señor lo había iniciado convocando, como hemos visto, a los Doce, en los que estaba representado el futuro pueblo de Dios. Con fidelidad al mandato recibido del Señor, los Doce, después de su Ascensión, primero completan su número con la elección de Matías en lugar de Judas (cf. Hch 1, 15-26); luego asocian progresivamente a otros en las funciones que les habían sido encomendadas, para que continúen su ministerio. El Resucitado mismo llama a Pablo (cf. Ga 1, 1), pero Pablo, a pesar de haber sido llamado por el Señor como Apóstol, confronta su Evangelio con el Evangelio de los Doce (cf. Ga 1, 18), se esfuerza por transmitir lo que ha recibido (cf. 1 Co 11, 23; 15, 3-4), y en la distribución de las tareas misioneras es asociado a los Apóstoles, junto con otros, por ejemplo con Bernabé (cf. Ga 2, 9).

Del mismo modo que al inicio de la condición de apóstol hay una llamada y un envío del Resucitado, así también la sucesiva llamada y envío de otros se realizará, con la fuerza del Espíritu, por obra de quienes ya han sido constituidos en el ministerio apostólico. Este es el camino por el que continuará ese ministerio, que luego, desde la segunda generación, se llamará ministerio episcopal, "episcopé".

Tal vez sea útil explicar brevemente lo que quiere decir obispo. Es la palabra que usamos para traducir la palabra griega "epíscopos". Esta palabra indica a una persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así, san Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús "pastor y obispo —guardián— de vuestras almas" (1 P 2, 25). Y según este modelo del Señor, que es el primer obispo, guardián y pastor de las almas, los sucesores de los Apóstoles se llamaron luego obispos, “epíscopoi”. Se les encomendó la función del “episcopé”.

Esta precisa función del obispo se desarrollará progresivamente, con respecto a los inicios, hasta asumir la forma —ya claramente atestiguada en san Ignacio de Antioquía al comienzo del siglo II (cf. Ad Magnesios, 6, 1: PG 5, 668)— del triple oficio de obispo, presbítero y diácono. Es un desarrollo guiado por el Espíritu de Dios, que asiste a la Iglesia en el discernimiento de las formas auténticas de la sucesión apostólica, cada vez más definidas entre múltiples experiencias y formas carismáticas y ministeriales, presentes en la comunidad de los orígenes.

Así, la sucesión en la función episcopal se presenta como continuidad del ministerio apostólico, garantía de la perseverancia en la Tradición apostólica, palabra y vida, que nos ha encomendado el Señor. El vínculo entre el Colegio de los obispos y la comunidad originaria de los Apóstoles se entiende, ante todo, en la línea de la continuidad histórica.

Como hemos visto, a los Doce son asociados primero Matías, luego Pablo, Bernabé y otros, hasta la formación del ministerio del obispo, en la segunda y tercera generación. Así pues, la continuidad se realiza en esta cadena histórica. Y en la continuidad de la sucesión está la garantía de perseverar, en la comunidad eclesial, del Colegio apostólico que Cristo reunió en torno a sí. Pero esta continuidad, que vemos primero en la continuidad histórica de los ministros, se debe entender también en sentido espiritual, porque la sucesión apostólica en el ministerio se considera como lugar privilegiado de la acción y de la transmisión del Espíritu Santo.

Un eco claro de estas convicciones se percibe, por ejemplo, en el siguiente texto de san Ireneo de Lyon (segunda mitad del siglo II): "La Tradición de los Apóstoles, que ha sido manifestada en el mundo entero, puede ser percibida en toda la Iglesia por todos aquellos que quieren ver la verdad. Y nosotros podemos enumerar los obispos que fueron establecidos por los Apóstoles en las Iglesias y sus sucesores hasta nosotros (...). En efecto, (los Apóstoles) querían que fuesen totalmente perfectos e irreprensibles aquellos a quienes dejaban como sucesores suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza. Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero, si hubiesen caído, la mayor calamidad" (Adversus haereses, III, 3, 1: PG 7, 848).

San Ireneo, refiriéndose aquí a esta red de la sucesión apostólica como garantía de perseverar en la palabra del Señor, se concentra en la Iglesia "más grande, más antigua y más conocida de todos", "fundada y establecida en Roma por los más gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo", dando relieve a la Tradición de la fe, que en ella llega hasta nosotros desde los Apóstoles mediante las sucesiones de los obispos.

De este modo, para san Ireneo y para la Iglesia universal, la sucesión episcopal de la Iglesia de Roma se convierte en el signo, el criterio y la garantía de la transmisión ininterrumpida de la fe apostólica: "Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente (propter potiorem principalitatem), debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes, pues en ella se ha conservado siempre la tradición que viene de los Apóstoles" (ib., III, 3, 2: PG 7, 848). La sucesión apostólica —comprobada sobre la base de la comunión con la de la Iglesia de Roma— es, por tanto, el criterio de la permanencia de las diversas Iglesias en la Tradición de la fe apostólica común, que ha podido llegar hasta nosotros desde los orígenes a través de este canal: "Por este orden y sucesión, han llegado hasta nosotros aquella tradición que, procedente de los Apóstoles, existe en la Iglesia y el anuncio de la verdad. Y esta es la prueba más palpable de que es una sola y la misma fe vivificante, que en la Iglesia, desde los Apóstoles hasta ahora, se ha conservado y transmitido en la verdad" (ib., III, 3, 3: PG 7, 851).

De acuerdo con estos testimonios de la Iglesia antigua, la apostolicidad de la comunión eclesial consiste en la fidelidad a la enseñanza y a la práctica de los Apóstoles, a través de los cuales se asegura el vínculo histórico y espiritual de la Iglesia con Cristo. La sucesión apostólica del ministerio episcopal es el camino que garantiza la fiel transmisión del testimonio apostólico. Lo que representan los Apóstoles en la relación entre el Señor Jesús y la Iglesia de los orígenes, lo representa análogamente la sucesión ministerial en la relación entre la Iglesia de los orígenes y la Iglesia actual. No es una simple concatenación material; es, más bien, el instrumento histórico del que se sirve el Espíritu Santo para hacer presente al Señor Jesús, cabeza de su pueblo, a través de los que son ordenados para el ministerio mediante la imposición de las manos y la oración de los obispos.

Así pues, mediante la sucesión apostólica es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los Apóstoles y de sus sucesores es él quien nos habla; mediante sus manos es él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios. Y también hoy, como al inicio, Cristo mismo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que seguimos con gran confianza, gratitud y alegría."


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Escrito por: Cristian Ahumada - 19:26

domingo, 14 de mayo de 2006

Boceto de la Madre

Jesús y María“Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados:


Una mujer que, siendo joven, tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud;


Una mujer, que si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños;


Una mujer que, siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama y, siendo rica, dona con gusto sus tesoros por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud;


Una mujer que, siendo vigorosa, se estremece con el vagido de un niño, y siendo débil, se reviste a veces con la bravura de un león;


Una mujer, que mientras vive, no sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan; pero, después de muerta daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.


De esa mujer no me exijáis el nombre a mí si no queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque la vi pasar en mi camino. Cuando crezcan vuestros hijos, señora, leedles esta página, y ellos cubriendo con besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado para vos y para ellos un boceto de su madre”.


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Escrito por: Cristian Ahumada - 23:14

domingo, 7 de mayo de 2006

Historia del Dogma Cristológico: Semiarrianismo Pneumatomacos y el Concilio de Constantinopla (381).

El problema suscitado con Arrio y la declaración del Concilio de Nicea (año 325) siguieron planteando algunos cuestionamientos y dudas con algunos conceptos y con la misma definición de las personas en la Trinidad:


a) Por una parte se reconoce que Jesús es de la misma naturaleza del Padre, ¿pero ello significa que le fue dada, o que el Padre es más poderoso que el Hijo? Entrando en la confusión en la cláusula “de la misma” (en griego homousius), ya que algunas corrientes cristianas empezaron a enseñar que era “de similar” (en griego homoiusius), de aquí surge el semiarrianismo. La diferencia de esta “i” haría replantear todo el tema de la salvación, que era una idea central en la época del imperio romano. Como dice Ireneo, “lo que no es asumido por Dios no puede ser redimido”, por lo cual, si Dios no es el que asume nuestra condición la salvación sería solamente un espectáculo sin sentido. Similar hace referencia que es un sucedáneo, pensamos que tiene las características de algo o de alguien, pero no lo es; de ahí que la salvación tiene que venir de Dios y no de un intermediario, quien nos salva es un mediador, por ello se profundiza en el homousios, agregando que es Dios de Dios, luz verdadera de luz verdadera.


b) También surgieron corrientes semi arrianas que empezaron a divulgar que el Espíritu Santo, la Tercera persona de la Santísima Trinidad, no era Dios, sino que un mensajero del Padre, pero que no era Dios (Pneumatomacos). La apología no se hizo esperar y fue el aporte de los Padres Capadocios (Gregorio Nacianceno, Gregorio de Nisa, y Basilio del Cesarea) quienes hicieron la defensa de la divinidad del Espíritu Santo, diciendo que el mismo Espíritu Santo estuvo ya presente en el Antiguo Testamento y por ello se le reconoce con el Título de Señor y dador de Vida, junto con destacar que fue esta persona de la Trinidad recibe la misma adoración y gloria que el Padre y el Hijo, y que fue él quien habló por medio de los profetas.


Gregorio de Nisa


Todas estas discusiones llevaron a la convocatoria del Concilio de Constantinopla (año 381), en que se discutió sobre el tema de la naturaleza, y de las personas divinas (en el fondo porqué son tres personas y una sola naturaleza). Es una sola la naturaleza (o esencia) de Dios, pero son tres las personas (que indica la relación entre sí). De ahí que el Padre engendra al Hijo, y el Padre y el Hijo espiran al Espíritu Santo y viceversa, como un solo principio de espiración. Los tres son un solo Dios, pero un Dios que es comunidad.


El Concilio de Constantinopla va a sellar esta reflexión con un credo, que es el que conocemos hasta el día de hoy como “Credo Niceno-Constantinopolitano”


Creo en un solo Dios,
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.


Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación bajó del cielo,


y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;


y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,


y resucitó al tercer día,
según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.


Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.


Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica y apostólica.


Confieso que hay un solo Bautismo
para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.



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Escrito por: Cristian Ahumada - 09:40
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La Tradición Apostólica

No me queda decir que esta catequesis de Benedicto XVI es el más completo resumen de Eclesiología de la Tradición que he visto.


"Benedicto XVIEn esta catequesis queremos comprender un poco lo que es la Iglesia. La última vez meditamos sobre el tema de la Tradición apostólica. Vimos que no es una colección de cosas, de palabras, como una caja de cosas muertas. La Tradición es el río de la vida nueva, que viene desde los orígenes, desde Cristo, hasta nosotros, y nos inserta en la historia de Dios con la humanidad. Este tema de la Tradición es tan importante que quisiera seguir reflexionando un poco más sobre él. En efecto, es de gran trascendencia para la vida de la Iglesia.
El concilio Vaticano II destacó, al respecto, que la Tradición es apostólica ante todo en sus orígenes:  "Dios, con suma benignidad, quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades. Por  eso  Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación (cf. 2 Co 1, 20 y 3,16 4,6), mandó a los Apóstoles predicar  a todos los hombres el Evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta,  comunicándoles así los bienes divinos" (Dei Verbum, 7).
El Concilio prosigue afirmando que ese mandato lo cumplieron con fidelidad los Apóstoles, los cuales "con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó" (ib.). Con los Apóstoles, añade el Concilio, colaboraron también "otros de su generación, que pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo" (ib.).
Los Apóstoles, jefes del Israel escatológico, que eran doce como las tribus del pueblo elegido, prosiguen la "recolección" iniciada por el Señor, y lo hacen ante todo transmitiendo fielmente el don recibido, la buena nueva del reino que vino a los hombres en Jesucristo. Su número no sólo expresa la continuidad con la santa raíz, el Israel de las doce tribus, sino también el destino universal de su ministerio, que llevaría la salvación hasta los últimos confines de la tierra. Se puede deducir del valor simbólico que tienen los números en el mundo semítico:  doce es resultado de multiplicar tres, número perfecto, por cuatro, número que remite a los cuatro puntos cardinales y, por consiguiente, al mundo entero.
La comunidad que nace del anuncio evangélico se reconoce convocada por la palabra de los primeros que vivieron la experiencia del Señor y fueron enviados por él. Sabe que puede contar con la guía de los Doce, así como con la de los que ellos van asociando progresivamente como sucesores en el ministerio de la Palabra y en el servicio a la comunión. Por consiguiente, la comunidad se siente comprometida a transmitir a otros la "alegre noticia" de la presencia actual del Señor y de su misterio pascual, operante en el Espíritu.
Eso se pone claramente de manifiesto en algunos pasajes de las cartas de san Pablo:  "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí" (1 Co 15, 3). Y esto es importante. Como sabemos, san Pablo, llamado originariamente por Cristo con una vocación personal, es un verdadero Apóstol y, a pesar de ello, también para él cuenta fundamentalmente la fidelidad a lo que había recibido. No quería "inventar" un nuevo cristianismo, por llamarlo así, "paulino". Por eso, insiste:  "Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí". Transmitió el don inicial que viene del Señor y es la verdad que salva. Luego, hacia el final de su vida, escribe a Timoteo:  "Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros" (2 Tm 1, 14).
También lo muestra con eficacia este antiguo testimonio de la fe cristiana, escrito por Tertuliano alrededor del año 200:  "(Los Apóstoles) al principio afirmaron la fe en Jesucristo y establecieron Iglesias en Judea e inmediatamente después, esparcidos por el mundo, anunciaron la misma doctrina y una misma fe a las naciones; y luego fundaron Iglesias en cada ciudad. De estas tomaron las demás Iglesias la ramificación de su fe y las semillas de la doctrina, y la siguen tomando precisamente para ser Iglesias. De esta manera, también ellas se consideran apostólicas como descendientes de las Iglesias de los Apóstoles" (De praescriptione haereticorum, 20:  PL 2, 32).
El concilio Vaticano II comenta:  "Lo que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; así la Iglesia con su enseñanza, su vida y su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (Dei Verbum, 8). La Iglesia transmite todo lo que es y lo que cree; lo transmite con el culto, con la vida y con la enseñanza. Así pues, la Tradición es el Evangelio vivo, anunciado por los Apóstoles en su integridad, según la plenitud de su experiencia única e irrepetible:  por obra de ellos la fe se comunica a los demás, hasta nosotros, hasta el fin del mundo.
Por consiguiente, la Tradición es la historia del Espíritu que actúa en la historia de la Iglesia a través de la mediación de los Apóstoles y de sus sucesores, en fiel continuidad con la experiencia de los orígenes. Es lo que precisa el Papa san Clemente Romano hacia finales del siglo I:  "Los Apóstoles —escribe— nos predicaron el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. En resumen, Cristo viene de Dios, y los Apóstoles de Cristo:  una y otra cosa, por tanto, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. (...) También nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que se disputaría  sobre  la  dignidad episcopal. Por esta causa, pues,  previendo perfectamente el porvenir, establecieron  a los elegidos y les dieron la orden de que, al morir ellos, otros que fueran varones probados les sucedieran en el ministerio" (Ad Corinthios I, 42. 44:  PG 1, 292. 296).
Esta cadena del servicio prosigue hasta hoy, y proseguirá hasta el fin del mundo. En efecto, el mandato que dio Jesús a los Apóstoles fue transmitido por ellos a sus sucesores. Más allá de la experiencia del contacto personal con Cristo, experiencia única e irrepetible, los Apóstoles transmitieron a sus sucesores el envío solemne al mundo que recibieron del Maestro.
La palabra Apóstol viene precisamente del verbo griego apostéllein, que quiere decir enviar. El envío apostólico —como muestra el texto de Mt 28, 19s— implica un servicio pastoral ("haced discípulos a todas las naciones..."), litúrgico ("bautizándolas...") y profético ("enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado"), garantizado por la presencia del Señor hasta la consumación del tiempo ("he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo").
Así, aunque de manera diversa a la de los Apóstoles, también nosotros tenemos una verdadera experiencia personal de la presencia del Señor resucitado. A través del ministerio apostólico Cristo mismo llega así a quienes son llamados a la fe. La distancia de los siglos se supera y el Resucitado se presenta vivo y operante para nosotros, en el hoy de la Iglesia y del mundo. Esta es nuestra gran alegría. En el río vivo de la Tradición Cristo no está distante dos mil años, sino que está realmente presente entre nosotros y nos da la Verdad, nos da la luz que nos permite vivir y encontrar el camino hacia el futuro.
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Escrito por: Cristian Ahumada - 08:16

sábado, 6 de mayo de 2006

El Catecismo del Código da Vinci

Del Blog Marta Salazar: Alemania, Economía y Sociedad, me tomé el trabajo de hacer una libre traducción del artículo y lo publico aquí en mi blog. Aquí entrego la traducción del original de John Wauck que está en la página The Da Vinci Code Cathecism.


1. ¿Verdaderamente se casó Jesucristo?

Sí. Jesús se casó con la Iglesia. El Nuevo Testamento nos menciona con frecuencia que es el Novio, y San Pablo nos dice: “POR ESTO EL HOMBRE DEJARA A SU PADRE Y A SU MADRE, Y SE UNIRA A SU MUJER, Y LOS DOS SERAN UNA SOLA CARNE. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia.” (Efesios 5, 31-32). De hecho, la vocación cristiana no es más que una invitación para el eterno “banquete nupcial” (Ap 19,9) de Cristo y su Esposa, La Iglesia.


2. ¿La Iglesia fue quien creó el Nuevo Testamento?

Sí. Sin la Iglesia, nosotros no podríamos conocer lo que muchos de los textos antiguos hablan acerca de Jesús, los cuales fueron inspirados por Dios; nosotros no podríamos tener el Nuevo Testamento. Jesucristo dio esta autoridad divina no a un grupo de textos que no existían en su tiempo, pero sí a un grupo de hombres, los doce apóstoles y a sus sucesores (los obispos), quienes enseñan en su nombre y con su autoridad.


3. ¿El sexo tiene verdaderamente un sentido de santidad?

Sí. Esto es porque es uno de los siete sacramentos cristianos que llamamos Santo Matrimonio (el sentido literal de “hieros gamos”). El Matrimonio cristiano y el sacerdocio son santos y vocaciones santificantes, elevados a la calidad de Sacramentos (Santo Matrimonio y Orden Sagrado respectivamente). Todos los sacramentos – como el Bautismo o la Eucaristía, por ejemplo – son signos externos instituidos por la gracia de Cristo, y, de hecho los ministros de este sacramento son los mismos novios.

4. ¿Dejó Jesús descendencia?

Sí. Jesús es Dios, y el dejó a todos los que creían en él el poder de ser hijos de Dios. En resumen, somos sus descendientes: “Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a El. Amados, ahora somos hijos de Dios” (1 Jn 3,1-2). Así que olvídese de los Merovingios. Somos la línea de la sangre real de Jesucristo: “Ustedes son una raza elegida, sacerdocio real, y una nación santa” (1 Pe 2,9).

5. ¿Nuestra cultura perdió la figura femenina de Santidad?

Sí, En el mundo de hoy hay una mujer que se ha perdido. Su nombre es María, y ella no podría ser venerada como una esposa de un hombre mortal pero sí por ser la Madre de Dios. Felizmente, a ella no es difícil de encontrar. Ella es la imagen femenina más familiar en la historia, representada en incontables trabajos de arte. El mejor lugar en el mundo para encontrar hombres maduros y mujeres rezando de rodillas a una mujer, quizás rezando el rosario de la Santa Virgen María, es en una Iglesia Cristiana.

6. ¿Podemos orar sobre los restos de María Magdalena?

Sí. Santa María Magdalena es honrada por incontables iglesias y hay mujeres bautizadas con este nombre después de ella, además existe una misa especial para el día de su fiesta (22 de julio). De hecho, por más de mil años, los cristianos han hecho peregrinación a una basílica para orar, es la Basílica de San Máximo, al sur de Francia, donde la tradición cuenta que está enterrada María Magdalena.

7. ¿Existe el Santo Grial?

Sí. La popular historia del Santo Grial es una leyenda medieval, pero un Santo Grial que no es ficticio puede ser encontrado en el altar de cada Misa. De hecho el cáliz de la última cena es santo porque contiene la Sangre de Cristo, y en la santa Misa, esa sangre se hace presente. Esto significa que en cada cáliz de cada misa es verdaderamente el Santo Grial.

8. ¿La matriz de una mujer realmente llevó la sangre de Jesús Cristo, el hijo del Dios?

Sí. El útero de la Bendita Virgen María llevó no sólo la sangre sino que el cuerpo entero de Cristo por nueve meses. Por ello es que, cuando nosotros oramos el “Ave María”, los cristianos nos referimos a Jesús como el fruto bendito de tu vientre y honramos a María como el más honorable “recipiente”.





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Escrito por: Cristian Ahumada - 15:31

La Tradición de la Iglesia

Continuando con las Catequesis de los días Miércoles, el Papa Benedicto XVI nos enseña cuál es el sentido de la Tradición en la Iglesia desde sus inicios hasta el día de hoy.


"Dios dispuso que lo revelado para la salvación fuera transmitido íntegramente a todas las generaciones. Por eso, Cristo envió a los Apóstoles a predicar fielmente la buena nueva del Reino a todos los hombres, continuando así la llamada y la misión iniciada por Él. Con el número doce se expresa no sólo la continuidad de las doce tribus de Israel, sino también el destino universal de su ministerio apostólico.


La comunidad cristiana, nacida del anuncio evangélico de aquellos primeros que estuvieron con el Señor, se siente, al mismo tiempo, impulsada a transmitir a los demás esta presencia divina. La Tradición es, pues, el Evangelio vivo, anunciado en su integridad por los Apóstoles, y como la historia del Espíritu que actúa en la historia de la Iglesia por medio de ellos y de sus sucesores. Gracias al ministerio apostólico, Cristo mismo llega hasta quien es llamado a la fe, superando la distancia de los siglos y ofreciéndose, vivo y operante, en el hoy de la Iglesia y del mundo."


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Escrito por: Cristian Ahumada - 13:34

jueves, 4 de mayo de 2006

El Código Da Vinci Visto desde Roma

Hay que ver este documental, pienso que nos educará, y es una buena oportunidad de evangelizar.


El Enlace está aquí


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Escrito por: Cristian Ahumada - 18:22

martes, 2 de mayo de 2006

¿Cómo encontrar a Dios en los Blogs?

FeEsta entrevista al Padre Antonio Spadaro, SJ me ha causado una grata impresión, especialmente porque estoy de acuerdo que tantos blogs relacionados con la fe hablan de una necesidad que tienen las personas hoy en día, y es un buen diagnóstico para pensar que el ser humano tiene "sed de Dios".


Pero esta sed de Dios ¿estará siendo saciada de forma adecuada? de ahí una de las motivaciones para escribir este blog, y creo que de varios otros.


Esto a la vez, y para todos los que hemos escrito sobre nuestra fe, es un llamado a entregar los contenidos de una manera fiel, como invitación constante a seguir profundizando, orando y celebrando el misterio de Cristo y su Iglesia.


Les dejo aquí la entrevista que aparece en la página de Zenit.org


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Escrito por: Cristian Ahumada - 08:22