Subscribe & Follow

Free counter and web stats

Sensus Fidelium

Una fe que no se piensa, es una fe muerta

Con tecnología de Blogger.

Bonjour & Welcome

Followers

Visitas

Archivo de historias

Pages

martes, 31 de enero de 2006

Beatificación de Juan Pablo II

Como varios se habrán enterado, ya ha aparecido el primer milagro de Juan Pablo II (¡milagro de Dios por cierto, y que no se nos olvide!) en que la intercesión del Siervo de Dios, hace posible que nuestro Redentor intervenga en el dolor. Daría mucho tiempo, y muchas líneas para una reflexión en torno al significado del milagro en la fe cristiana. Solamente un pensamiento, de un profesor mío en la universidad que nos hablaba lo siguiente: "En el momento en que el hombre le abre un espacio a Dios en la oscuridad del dolor o de una situación adversa, se produce el milagro, porque Dios no te salva del dolor o de la situación adversa, te salva en el dolor o en esa situación".

A lo que quería llegar, con este milagro, empecemos nosotros a ver todo el proceso que tiene la Iglesia para una canonización que muchos ya clamaban al momento de su funeral. Ojalá que nos informemos, oremos y celebremos en nuestro corazón este proceso, ya que Juan Pablo II fue para muchos, el único pontífice que conocieron, que amaron, que criticaron o negaron. Es bueno hoy en día reconocer que su obrar y actuar fue conforme al Evangelio.

Para los que quieran visiten la página de la causa de Beatificación.
Escrito por: Cristian Ahumada - 11:37

lunes, 30 de enero de 2006

,

Comentario a la segunda parte "Deus Caritas Est", la exigencia social de la caridad.

A partir de la Unidad del Amor, viene la exigencia de la Caridad


Si bien es cierto la primera parte de la encíclica de Benedicto XVI muestra con toda su fuerza y belleza lo que significa la palabra amor, no se podía quedar encerrada solo en conceptos; como dice el conocido refrán español: "Obras son amores, y no buenas razones". Y ese consejo parece ser tomado en la segunda parte de la Encíclica "Caritas El Ejercicio del Amor por parte de la Iglesia. La dinámica que encierra esta segunda parte va desde el corazón mismo de la Comunidad Cristiana y se dirige al corazón del Mundo, es como bien dice una entrevista de la agencia de noticias Zenit a Stefano Fontana, quien declara que la encíclica presentada, está dentro de la línea de la Doctrina Social de la Iglesia. Yo me atrevo a distinguir cuatro elementos que, a mi parecer son esenciales a la hora de entender la Encíclica:

  • Redescubrir la esencia del cristiano en el ejercicio de la caridad

  • La búsqueda del Bien Común, por medio de la Justicia y de la Caridad

  • La autonomía y colaboración entre Iglesia y Estado

  • La vivencia de la caridad al interior de la Iglesia, oración, celebración y mística


  • Redescubrir la esencia del cristiano en el ejercicio de la caridad

    Parece que en la actualidad podemos reducir todas las obras de acción humanitaria a simples ONGs, como simple asistencia y colaboración para mitigar, erradicar, salvar situaciones que son inhumanas en nuestro mundo, y estas ayudas humanitarias no se diferenciarían de las ayudas prestadas por los organismos de Iglesia, pero no es así. Llama la atención que en el ejercicio de la caridad, se emplee una palabra, que es clave a la hora de decir ¿qué es la Iglesia?, la Iglesia es diakonía, porque el amor necesita una organización(DCE, 20), ¡qué increíble que todos fueran uno en la caridad en la Iglesia primitiva! Si bien es cierto es un texto lucano quien nos habla del ideal de la comunidad que siendo pobre era rica, por tener todos lo mismo, no hay que descontar que ese ideal fue lo que los apóstoles hacían una exigencia comunitaria. Hoy con tanta "cercanía" por las comunicaciones, nos vamos sintiendo uno, pero apartados. Y es esa misma caridad la que nos va a llevar a sentirnos uno con el corazón de la Iglesia, "ves a la Trinidad si ves el amor". La universalidad del amor no es propia sólo de los cristianos, pero por ello los cristianos no debemos reducir la caridad (desde la fe) a un simple asistencialismo, la misma encíclica recuerda que ante el "éxito" de la caridad cristiana este obrar fue copiado, ¡para dar "humanidad" a la misma Humanidad!

    La búsqueda del Bien Común, por medio de la Justicia y de la Caridad

    Previo al comentario teológico, la frase tomada de San Agustín, nos debiera llamar la atención: "Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones", veamos a quiénes elegimos para que nos gobiernen, si ellos viven y aplican la justicia que a continuación desarrolla Benedicto XVI.

    Justicia y Caridad son dos palabras que están dentro de las características de Dios, que es "justo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad...", versan los salmos que rezamos los domingos. Pues bien el ejercicio de la justicia y de la caridad están de forma axial en el documento. Se pensaba que el ejercicio de la caridad era una forma en que se alienaba a la sociedad, sin que despertara su conciencia por la justicia, eso era una frase típica del discurso marxista, que decía que la religión era el "opio del pueblo"; pues bien, Benedicto XVI deja inmediatamente claro que el ejercicio de la caridad, no aliena, sino, todo lo contrario: denuncia a los hombre y mujeres de nuestro tiempo la existencia de sistemas, organizaciones, culturas que son injustas para el ser humano y que deshumanizan a la propia humanidad.

    El correcto ejercicio de la justicia y de la caridad por parte del hombre lleva a la humanización, por ello que dedica una parte importante a recalcar la justa autonomía entre la Iglesia y el Estado, y las formas en que ambas de han de complementar. La política como técnica para ordenar las cuestiones públicas de una forma justa. La fe, aportando en su justa medida, iluminando la razón para la consecusión de la justicia. No atropella el ordenamiento temporal, sino que lo ilumina. Recordemos que la Iglesia es experta en humanidad, y si lo que aquí vemos es dar a cada uno lo que corresponde, ya es competencia de la Iglesia. Aquí es fundamental el papel de los fieles, son ellos los que iluminan con su testimonio la vida social, respetando su justa autonomía. Nunca, eso sí, confundiendo las manifestaciones de caridad eclesial con la actividad del Estado.

    La autonomía y colaboración entre Iglesia y Estado

    Bien breve, el compromiso eclesial es hacia el mundo, no tan sólo en su interior se vive la justicia y la caridad. Es precisamente la misión de una iglesia evangelizadora en la diakonía. Por eso es tan recurrente la imagen de la Parábola del Buen Samaritano, que no excluye a nadie, sino que entrega un servicio rápido a quién lo necesita. Es importante guardar, como lo dije anteriormente, la justa autonomía entre el poder del Estado y el de la Iglesia, son esferas distintas, pero que tienen muchos puentes de comunicación, y uno de los principales, el ejercicio solidario, pues la necesidad humana es universal. Pero nunca mezclando las actividades de ambas esferas, caeríamos entonces, en un "monofisismo" de la acción de la Iglesia, confundida con la del Estado, o a un "reduccionismo" de la esencia misma de la caridad cristiana.

    La vivencia de la caridad al interior de la Iglesia, oración, celebración y mística

    En la última parte, Benedicto XVI, apunta a la esencia de la caridad cristiana, es única y exclusivamente gracia, "el amor es gratuito; no se practica para obtener objetivos"(DCE, 20c). La dedicación, en busca del hombre necesitado, ese hombre al que apunta Cristo, que viene en busca de los enfermos, quienes más lo necesitan, y dónde él mismo también está presente, por ello es que el mismo Papa diga que tiene que ser independiente de partidos e ideologías, porque no ha surgido la caridad a partir de un concepto, surge del hombre mismo para el hombre, y eso muy bien lo sabe la Iglesia, porque el mismo Cristo "tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos" (como dice el himno a los Filipenses).

    Es la oración el ancla ante tanto activismo y secularismo cristiano. En el ejercicio de la solidaridad el cristiano que ora se encuentra con el Padre de "Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo del Espíritu, en él y en su trabajo. La familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación del hombre, lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas" (DCE, 37).

    Vemos que en la conclusión, recurre a la Iglesia de los Santos y Santas de Dios, que han recorrido la experiencia de la caridad cristiana, ya sea en el ejercicio de la solidaridad y de la ayuda al más necesitado, como los santos que hicieron de la pobreza evangélica uno de los valores más altos, no porque la pobreza en sí sea buena, sino como el anuncio claro de que Dios va en busca del pobre y del desamparado, del despreciado de la sociedad misma, un ejercicio que mantiene viva a la Iglesia hasta nuestros días.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 15:58

    Peligros del New Age (del blog de Jordi Lloberas)

    Aunque no se ha dado con fuerza en Chile, hay algunos elementos que podrían configurar un esquema de new age en nuestro país

    La nueva era no es una religión con un sistema definido de creencias; por el contrario permite que distintos tipos de creencias se unan en una sola causa...

    Para leer el artículo completo...
    Escrito por: Cristian Ahumada - 01:12

    domingo, 29 de enero de 2006

    ,

    Mi Comentario a la primera parte de "Deus Caritas Est" (Benedicto XVI)


    Una primera lectura


    Es cierto que han habido muchos comentario de la primera encíclica del Papa Benedicto XVI, con buenos elogios y muchas llamadas de atención sobre el lenguaje que usa el Romano Pontífice (directo, franco, de un hombre que vive la caridad); personalmente, cuando la estuve leyendo, me fui dando cuenta, en una primera lectura del mismo documento, que hay una profunda y permanente riqueza del misterio de la fe judeo - cristiana en éste; y que, leyéndose más de una vez, saboreando sus párrafos lenta y detenidamente, me encuentro con un hombre que quiere, sacar cosas nuevas de las antiguas enseñanzas. Tales enseñanzas son de la misma humanidad, que en su profunda riqueza, son iluminadas por el evangelio de Jesucristo.

    Dios es Amor


    Sólo con el título nos vamos adentrando en el misterio mismo de Dios, y que está impreso también en el corazón del hombre, y por consiguiente de todos los cristianos. De ahí, que en la introducción el Sumo Pontífice diga firme y fuertemente que: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".(DCE 1)

    La unidad del Amor

    Me es importante destacar que hable del concepto de unidad del amor. El amor, como concepto lo va desarrollando a lo largo de la primera parte, para ello recurre a la filosofía, al lenguaje, a la historia y a la tradición de la Iglesia. Utiliza como concepto base el "UNO", representado en el hombre y en la mujer en el matrimonio (llamados a ser una sola carne, como dice el texto de Génesis), también configura esa unidad el cuerpo y el alma (tomado bellamente de la constitución apostólica Gaudium et Spes, 14); uno es también el amor, pero tiene diferentes conceptos para aplicar, de allí que se haya extendido tanto para aplicar sus distinciones entre philia, eros, y agapé, pero especialmente en un binomio: eros - agapé. Nos encontramos con un discurso que nos dice: uno, el hombre y la mujer en el matrimonio, uno, cuerpo y alma en la persona, uno, eros y agapé en el amor; ¿puede conjugarse algo así? Pues en la encíclica, de una manera magistral, se conjuga el eros con el agapé, descenso y ascenso. Un eros disciplinado que lleve a la propia donación, que siginifica el profundo y verdadero encuentro entre personas, no entre objetos; por eso es que Benedicto XVI dice que no hay que reducir el eros a "sexo", porque el hombre se reduce a una simple mercancía.

    Luego, y es uno de los pocos textos pontificios en que he visto este acercamiento lingüistico, maneja dos conceptos hebreos para designar el amor, para definirlo como: "ocuparse del otro y preocuparse por el otro" (DCE 6).

    La discusión filosófica no queda ajena en este documento, sino que lleva a resumirla de forma tal que en vez de resaltar la división que los pensadores han hecho entre eros y agapé, muestra su justa complementación, de ahí que juegue con las figuras bíblicas de descenso y ascenso de la escalera de Jacob, con las figuras de los matrimonios de los profetas que buscan a sus esposas que los abandonan, o el padre que busca a su hijo en el desierto, todo esto porque Dios se encuentra personalmente con el hombre y no por medio de una idea o concepto, Dios mueve personalmente al hombre hacia su encuentro por medio de la gracia, y el hombre responde, motivado por esta gracia, con el acto de fe. La unidad del amor, desde Dios, queda expresada de la siguiente forma: El eros de Dios para el hombre, es a la vez agapé.

    La impronta cristológica del documento

    Si bien es cierto que el centro de la revelación es Jesucristo, también es cierto que cada día se actualiza en el misterio del su cuerpo y de su sangre dada para la salvación nuestra. El sacramento del amor, para el cristiando ha de ser la Eucaristía, vivida como la experiencia del eros de Dios que se entrega en Jesucristo, en que la fe, el culto y el ethos, se complementan. El amor no es imposición, nadie obliga a amar, pero el amor obliga a dar, como lo decía san Agustín: "ama y haz lo que quieras". En el misterio eucarístico encontramos la profundidad de la donación de Dios, el abandono mismo, el silencio del amor y del que sabe amar. Dios invisible, pero presente, que está acompañándonos, en medio de nuestras alegría y nuestras penas, caminando junto a nosotros y animándonos en su Espíritu. El amor no es solamente un sentimiento, que va y que viene, sino que ese sentimiento se va purificando con la voluntad y el entendimiento, pasa a ser una opción profunda por el otro.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 23:43

    sábado, 28 de enero de 2006

    Mi sueño de Chile

    Me preguntan por el país que sueño o que deseo.
    Y debo decir que mi deseo es que en Chile el hombre y la mujer sean respetados.
    El ser humano es lo más hermoso que Dios ha hecho.
    El ser humano es "imagen y semejanza" de la belleza y de la bondad de Dios.
    Quiero que en mi patria desde que un ser humano es concebido en el vientre de una mujer, hasta que llega a la ancianidad, sea respetado y valorado.
    De cualquier condición social, de cualquier pensamiento político,
    de cualquier credo religioso, todos merecen nuestro respeto.
    Quiero que en mi país todos vivan con dignidad.
    La lucha contra la miseria es una tarea de la cual nadie puede sentirse excluído.
    Quiero que en Chile no haya más miseria para los pobres.
    Que cada niño tenga una escuela donde estudiar.
    Que los enfermos puedan acceder fácilmente a la salud.
    Que cada jefe de hogar tenga un trabajo estable
    y que le permita alimentar a su familia.
    Y que cada familia pueda habitar en una casa digna
    donde pueda reunirse a comer, a jugar, y a amarse entrañablemente.

    Quiero un país donde reine la solidaridad.
    Muchas veces antes las distintas catástrofes que el país ha debido enfrentar,
    se ha demostrado la generosidad y la nobleza de nuestro pueblo.
    No es necesario que los terremotos solamente vengan a unir a los chilenos.
    Creo que quienes poseen más riquezas deben apoyar y ayudar
    a quienes menos poseen.
    Creo que los más fuertes no pueden desentenderse de los más débiles.
    Y que los sabios deben responsabilizarse de los que permanecen en
    la ignorancia.
    La solidaridad es un imperativo urgente para nosotros.
    Chile debe desterrar los egoísmos y ambiciones para convertirse en una
    patria solidaria.
    Quiero un país donde se pueda vivir el amor.
    ¡ Esto es fundamental ¡
    Nada sacamos con mejorar los índices económicos o con levantar grandes
    industrias y edificios, si no crecemos en nuestra capacidad de amar.
    Los jóvenes no nos perdonarían esa falta.
    Pido y ruego que se escuche a los jóvenes y se les responda como ellos se merecen.
    La juventud es nuestra fuerza más hermosa.
    Ellos tienen el derecho a ser amados. Y tienen la responsabilidad
    de aprender a amar de un modo limpio y abierto.
    Pido y ruego que la sociedad entera ponga su atención en los jóvenes,
    pero de un modo especial eso se lo pido y ruego a las familias.
    ¡No abandonen a los jóvenes! Escúchenlos, miren sus virtudes antes que
    sus defectos, muéstrenles con sus testimonios un estilo de vivir
    entusiasmante!
    Y por último, quiero para mi patria lo más sagrado que yo puedo decir: que
    vuelva su mirada hacia el Señor.
    Un país fraterno sólo es posible cuando se reconoce la paternidad
    bondadosa de nuestro Dios.
    He dedicado mi vida a esa tarea: que los hombres y mujeres de mi tierra
    conozcan al Dios vivo y verdadero, que se dejen amar por El y que lo amen
    con todo el corazón.
    Quiero que mi patria escuche la Buena Noticia del Evangelio de Jesucristo,
    que tanto consuelo y esperanza trae para todos.
    Este es mi sueño para Chile y creo que con la ayuda de María,
    ese sueño es posible convertirlo en realidad.

    Raúl Cardenal Silva Henríquez
    Escrito por: Cristian Ahumada - 15:51

    El Juicio de Dios (fuente: Periodista Digital)

    La noticia estelar de estos días se ha quedado agazapada tras los breves de los periódicos: un sacerdote italiano tendrá que sentarse en el banquillo para demostrar ante un juez la existencia de Dios. Todo comenzó cuando un ingeniero publicó un libro en el que dudaba de la naturaleza divina de Jesucristo, cosa que, por lo que parece, enfadó al buen pastor hasta el punto de hacerle colgar en su iglesia una especie de bando donde lanzaba furibundos dardos contra el libro y, ya de paso, contra su autor.

    Éste, que no debía de andar para bromas, no tardó demasiado en acudir a los juzgados y poner la correspondiente denuncia, que fue admitida a trámite. Total, que el juez ha acabado citando al sacerdote para un día de estos. Procuraré estar al corriente del veredicto, porque la cosa promete.

    Lo cierto es que el santo varón lleva las de perder, salvo que se opte por la manga ancha y la Justicia concluya el asunto con un fraternal apretón de manos. Desde hace ya un tiempo, la Iglesia se ha empecinado en repetir que la cuestión de la existencia o no existencia de Dios es un dogma de fe y, por tanto, indemostrable científicamente y sometido a las ganas que le ponga el creyente en cuestión.

    Es decir, que (y esto se deduce de tal discurso) lo lógico, lo racional, lo que todos haríamos de no haber toda una tradición metida por el medio, sería precisamente no creer en nada que no viésemos antes con nuestros propios ojos, dado que ningún dato avala la presencia de un ser superior ni ecuación alguna sirve para resolver el enigma del misterioso trino; y sin embargo, tengan en cuenta que fue el sacerdote quien dio el primer golpe, quien se sintió rabiosamente ofendido, quien pasó al ataque cuando nadie le pedía que lo hiciese ni él estaba obligado a ello.

    Su estrategia se ha vuelto contra él y tendrá que prepararse a muerte si quiere salir victorioso el día del juicio (y nunca mejor dicho, por cierto). Ahora las cartas están sobre la mesa, dispuestas a ser jugadas en esta dialéctica partida que se iniciará más pronto que tarde en los juzgados italianos. Ustedes no sé, pero yo estoy ansioso por conocer el final. ¿Habrá severa multa o piadosa redención? De momento, todo está en el aire. Dios dirá. Miguel Barrero.

    Haga clic aquí para ver toda la noticiaHaga clic aquí para ver toda la noticia
    Escrito por: Cristian Ahumada - 02:21

    viernes, 27 de enero de 2006

    El Demonio: un comentario bíblico (fuente: zenit.org)

    ¿Existen aún los «espíritus inmundos»? ¿Existe el demonio?

    Cuando se habla de la creencia en el demonio, debemos distinguir dos niveles: el nivel de las creencias populares y el nivel intelectual (literatura, filosofía y teología). En el nivel popular, o de costumbres, nuestra situación actual no es muy distinta de la de la Edad Media, o de los siglos XIV-XVI, tristemente famosos por la importancia otorgada a los fenómenos diabólicos. Ya no hay, es verdad, procesos de inquisición, hogueras para endemoniados, caza de brujas y cosas por el estilo; pero las prácticas que tienen en el centro al demonio están aún más difundidas que entonces, y no sólo entre las clases pobres y populares. Se ha transformado en un fenómeno social (¡y comercial!) de proporciones vastísimas. Es más, se diría que cuanto más se procura expulsar al demonio por la puerta, tanto más vuelve a entrar por la ventana; cuánto más es excluido por la fe, tanto más arrecia en la superstición.

    Muy diferentes están las cosas en el nivel intelectual y cultural. Aquí reina ya el silencio más absoluto sobre el demonio. El enemigo ya no existe. El autor de la desmitificación, R. Bultmann, escribió : «No se puede usar la luz eléctrica y la radio, no se puede recurrir en caso de enfermedad a medios médicos y clínicos y a la vez creer en el mundo de los espíritus».

    Creo que uno de los motivos por los que muchos encuentran difícil creer en el demonio es porque se le busca en los libros, mientras que al demonio no le interesan los libros, sino las almas, y no se le encuentra frecuentando los institutos universitarios, las bibliotecas y las academias, sino, precisamente, a las almas. Pablo VI reafirmó con fuerza la doctrina bíblica y tradicional en torno a este «agente oscuro y enemigo que es el demonio». Escribió, entre otras cosas: «El mal ya no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y espantosa».

    También en este campo, sin embargo, la crisis no ha pasado en vano y sin traer incluso frutos positivos. En el pasado a menudo se ha exagerado al hablar del demonio, se le ha visto donde no estaba, se han cometido muchas ofensas e injusticias con el pretexto de combatirle; es necesaria mucha discreción y prudencia para no caer precisamente en el juego del enemigo. Ver al demonio por todas partes no es menos desviador que no verle por ninguna. Decía Agustín: «Cuando es acusado, el diablo se goza. Es más, quiere que le acuses, acepta gustosamente toda tu recriminación, ¡si esto sirve para disuadirte de hacer tu confesión!».

    Se entiende por lo tanto la prudencia de la Iglesia al desalentar la práctica indiscriminada del exorcismo por parte de personas que no han recibido ningún mandato para ejercer este ministerio. Nuestras ciudades pululan de personas que hacen del exorcismo una de las muchas prácticas de pago y se jactan de quitar «hechizos, mal de ojo, mala suerte, negatividades malignas sobre personas, casas, empresas, actividades comerciales». Sorprende que en una sociedad como la nuestra, tan atenta a los fraudes comerciales y dispuesta a denunciar casos de exaltado crédito y abusos en el ejercicio de la profesión, se encuentre a muchas personas dispuestas a beber patrañas como éstas.

    Antes aún de que Jesús dijera algo aquel día en la sinagoga de Cafarnaúm, el espíritu inmundo se sintió desalojado y obligado a salir al descubierto. Era la «santidad» de Jesús que aparecía «insostenible» para el espíritu inmundo. El cristiano que vive en gracia y es templo del Espíritu Santo, lleva en sí un poco de esta santidad de Cristo, y es precisamente ésta la que opera, en los ambientes donde vive, un silencioso y eficaz exorcismo.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 10:58

    jueves, 26 de enero de 2006

    ,

    Primera encíclica de Benedicto XVI: El cristianismo no reprime el amor, lo eleva


    Publicada «Deus caritas est»

    CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 25 enero 2006 (ZENIT.org).- En el noveno mes de su pontificado, Benedicto XVI ha dado a luz su primera encíclica dedicada a mostrar cómo el cristianismo no reprime el amor, sino que lo eleva.

    «Deus caritas est» («Dios es amor») responde a una de las objeciones más comunes presentadas a la Iglesia. «Con sus preceptos y prohibiciones --se pregunta el Papa--, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida?».

    La encíclica responde a la pregunta articulándose en dos partes: la primera reflexiona sobre el amor en sus diferentes manifestaciones y en su origen, Dios; la segunda, afronta la manera en que la Iglesia, como institución, debe vivir el mandamiento del amor.

    La persona «objeto»
    El Papa comienza aclarando una confusión generalizada, según la cual, la Iglesia condenaría el «eros» (el amor de atracción) para aceptar únicamente el «ágape» (amor de entrega desinteresada).

    «Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo», reconoce en el número 5.

    Ahora bien, esta confusión se da cuando se concibe «el "eros", degradado a puro "sexo"». En ese caso, «se convierte en mercancía, en simple "objeto" que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía».

    Según el Papa, esta concepción del amor implica «una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico».

    Cuerpo y alma
    «La fe cristiana --ilustra--, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza».

    Ciertamente, insiste la encíclica, «el "eros" quiere remontarnos "en éxtasis" hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación».

    El desarrollo del amor «hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza», explica, conlleva el que «aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad --sólo esta persona--, y en el sentido del "para siempre"».

    De este modo, constata, «el "eros" orienta al hombre hacia el matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y definitivo; así, y sólo así, se realiza su destino íntimo».

    El texto reconoce que «el amor es "éxtasis", pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios».

    Cristo, modelo del amor «más radical»
    El ejemplo «más radical» de este amor, según el sucesor de Pedro, es Cristo en la cruz, cuando Dios «se pone contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo».

    «Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad --recalca--. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».

    La sociedad tiene necesidad de amor
    La segunda parte de la carta encíclica lleva por título «El ejercicio del amor por parte de la Iglesia como "comunidad de amor"».

    El texto, reconoce que el amor «siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor».

    «Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda --constata--. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo».

    El Estado, advierte el Papa, «que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido --cualquier ser humano-- necesita: una entrañable atención personal».

    El sueño del marxismo, que «había presentado la revolución mundial y su preparación como la panacea para los problemas sociales: mediante la revolución y la consiguiente colectivización de los medios de producción» «se ha desvanecido».

    «Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio».

    La Iglesia es «una de estas fuerzas vivas», constata. Con su amor «no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, un ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material».

    La actividad caritativa eclesial
    En este contexto, el Papa ofrece en tres pinceladas el «el perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia».

    En primer lugar, señala, la actividad caritativa cristiana, además de competencia profesional, exige la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente, suscitando en él el amor por el prójimo.

    En segundo lugar, «la actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas».

    El programa del cristiano --«el programa de Jesús»-- «es un "corazón que ve" --indica--. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia. Obviamente, cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con otras instituciones similares».

    En tercer y último lugar, «la caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos». « El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor».

    Como hacía también Juan Pablo II, Benedicto XVI pone en su conclusión los ejemplos de caridad dejados por los santos --en tres ocasiones cita a la beata Teresa de Calcuta-- y concluye con un diálogo con la Virgen María, quien «nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva».
    Escrito por: Cristian Ahumada - 22:55
    ,

    Deus Caristas Est (fuente: Arvo.net)















    «DEUS CARITAS EST» (DIOS ES AMOR), TEXTO CAPITAL SOBRE EL NÚCLEO DE LA FE CRISTIANA

    DIOS ES AMOR, PRIMERA ENCÍCLICA DE BENEDICTO XVI


    La encíclica está articulada en dos grandes partes. La primera, titulada: "La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación", presenta una reflexión teológico- filosófica sobre el "amor" en sus diversas dimensiones -"eros", "philia", "ágape"- precisando algunos datos esenciales del amor de Dios por el ser humano y del ligamen intrínseco que ese amor tiene con el amor humano. La segunda, titulada: "Caritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como "comunidad de amor", trata del ejercicio concreto del mandamiento del amor hacia el prójimo.



    PRIMERA PARTE

    El término "amor", una de las palabras más usadas y de las que más se abusa en el mundo de hoy, posee un vasto campo semántico. En esta multiplicidad de significados, surge, sin embargo, come arquetipo del amor por excelencia aquel entre hombre y mujer, que en la antigua Grecia era definido con el nombre de "eros". En la Biblia y sobre todo en el Nuevo Testamento, se profundiza en el concepto de "amor", un desarrollo que se expresa en el arrinconamiento de la palabra "eros" en favor del término "ágape", para expresar un amor oblativo.

    Esta nueva visión del amor, una novedad esencial del cristianismo, ha sido juzgada no pocas veces, de forma absolutamente negativa, como un rechazo del "eros" y de la corporeidad. Si bien haya habido tendencias de ese tipo, el sentido de esta profundización es otro. El "eros", puesto en la naturaleza del ser humano por su mismo Creador, tiene necesidad de disciplina, de purificación y de madurez para no perder su dignidad original y no degradarse a puro "sexo", convirtiéndose en mercancía.

    La fe cristiana ha considerado siempre al hombre como un ser en el que espíritu y materia se compenetran uno con otra, alcanzando así una nobleza nueva. Se puede decir que el reto del "eros" ha sido superado cuando en el ser humano el cuerpo y el alma se encuentran en perfecta armonía. Entonces sí que el amor es "éxtasis", pero éxtasis no en el sentido de un momento de embriaguez pasajera, sino como éxodo permanente del yo encerrado en sí mismo hacia su liberación en el don de sí, y de esa forma hacia el reencuentro consigo mismo, mas aún, hacia el descubrimiento de Dios: de este modo el "eros" puede elevar al ser humano en "éxtasis" hacia lo Divino.

    En definitiva, "eros" y "ágape" exigen no estar nunca separados completamente uno de otra, al contrario, cuanto más -si bien en dimensiones diversas-, encuentran su justo equilibrio, más se cumple la verdadera naturaleza del amor. Si bien el "eros" inicialmente es sobre todo deseo, a medida que se acerque a la otra persona se interrogará siempre menos sobre sí mismo, buscará cada vez más la felicidad del otro, se entregará y deseará "ser" para el otro: así se adentra en él y se afirma el momento del "ágape".

    En Jesucristo, que es el amor de Dios encarnado, el "eros"-"ágape" alcanza su forma más radical. Al morir en la cruz, Jesús, entregándose para elevar y salvar al ser humano, expresa el amor en su forma más sublime. Jesús aseguró a este acto de ofrenda su presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía, en la que, bajo las especies del pan y del vino se nos entrega como un nuevo maná que nos une a El. Participando en la Eucaristía, nosotros también nos implicamos en la dinámica de su entrega. Nos unimos a El y al mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los que El se entrega; todos nos convertimos así en "un sólo cuerpo". De ese modo, el amor a Dios y el amor a nuestro prójimo se funden realmente. El doble mandamiento, gracias a este encuentro con el "ágape" de Dios, ya no es solamente una exigencia: el amor se puede "mandar" porque antes se ha entregado.

    SEGUNDA PARTE

    El amor por el prójimo, enraizado en el amor de Dios, además de ser una obligación para cada fiel, lo es también para toda la comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe reflejar el amor trinitario. La conciencia de esa obligación ha tenido un relieve constitutivo en la Iglesia ya desde sus inicios y muy pronto se evidenció también la necesidad de una determinada organización como presupuesto para cumplirla con más eficacia.

    Así, en la estructura fundamental de la Iglesia surgió la "diaconía" como un servicio del amor hacia el prójimo, llevado a cabo comunitariamente y de forma ordenada -un servicio concreto pero, a la vez, espiritual-. Con la difusión progresiva de la Iglesia, este ejercicio de caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa, de esa forma, en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia), servicio de la caridad (diakonia). Son tareas en las que una presupone las otras y no pueden separarse entre sí".

    A partir del siglo XIX, contra la actividad caritativa de la Iglesia se planteó una objeción fundamental: la de que estaría en contraposición -se dijo- con la justicia y acabaría por actuar como sistema de conservación del status quo. Al llevar a cabo obras de caridad individuales, la Iglesia favorecería el mantenimiento del injusto sistema vigente, haciéndolo de alguna forma soportable y frenando de esa manera la rebelión y el potencial cambio hacia un mundo mejor.

    En este sentido, el marxismo había indicado en la revolución mundial y en su preparación la panacea para la problemática social -un sueño que con el tiempo se ha desvanecido-. El magisterio pontificio, empezando por la encíclica "Rerum novarum" de León XIII (1891) hasta la trilogía de las encíclicas sociales de Juan Pablo II: "Laborem exercens" (1981), "Sollicitudo rei socialis" (1987), "Centesimus annus" (1991), ha afrontado con insistencia creciente la cuestión social y, confrontándose con situaciones problemáticas siempre nuevas, ha desarrollado una doctrina social muy articulada, que propone orientaciones válidas que van mucho más allá de los confines de la Iglesia.

    Sin embargo, la creación de un orden justo de la sociedad y del Estado es un deber principal de la política, y por tanto, no puede ser una tarea inmediata de la Iglesia. La doctrina social católica no quiere conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo la propia contribución a la formación de las conciencias, para que las verdaderas exigencias de la justicia sean percibidas, reconocidas y realizadas. Sin embargo, no existe ninguna normativa estatal que, por justa que sea, pueda hacer superfluo el servicio del amor. El Estado que quiere proveer a todo se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el ser humano afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal. Quien quiere desentenderse del amor, se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre.

    En nuestro tiempo, un positivo efecto colateral de la globalización se manifiesta en el hecho de que la solicitud por el prójimo, superando los confines de las comunidades nacionales, tiende a prolongar sus horizontes al mundo entero. Las estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias desarrollan de distintos modos la solidaridad expresada por la sociedad civil: de esta manera, se han formado múltiples organizaciones con objetivos caritativos y filantrópicos. Además, en la Iglesia católica y en otras comunidades eclesiales han surgido nuevas formas de actividad caritativa. Es deseable que se establezca entre todas estas instancias una colaboración fructífera. Naturalmente, es importante que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda la propia identidad, disolviéndose en la organización común asistencial, convirtiéndose en una simple variante, sino que mantenga todo el esplendor de la existencia de la caridad cristiana y eclesial. Por tanto:

    La actividad caritativa cristiana, además de fundarse en la competencia profesional, lo debe hacer sobre la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente, suscitando en él el amor por el prójimo.

    La actividad caritativa cristiana debe ser independiente de los partidos e ideologías. El programa del cristiano -el programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús- es "un corazón que ve". Este corazón ve donde hay necesidad de amor y actúa en modo consecuente:

    Además, la actividad caritativa cristiana no debe ser un medio en función de lo que hoy se califica como proselitismo. El amor es gratuito; no se ejercita para alcanzar otros fines. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decir así, dejar de lado a Dios y a Cristo. El cristiano sabe cuándo debe hablar de Dios y cuándo es justo no hacerlo y dejar hablar solamente al amor. El himno a la caridad de San Pablo (1 Cor 13) debe ser la Carta Magna de todo el servicio eclesial, para protegerlo del riesgo de caer en el puro activismo.

    En este contexto, frente al peligro del secularismo que puede condicionar a muchos cristianos comprometidos en la labor caritativa, es necesario reafirmar la importancia de la oración. El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de las enormes necesidades y de los propios límites arrastren a una ideología que pretende hacer ahora aquello que, aparentemente, Dios no consigue hacer, o caer en la tentación de ceder a la inercia y a la resignación. Quien reza no desaprovecha el tiempo, a pesar de que las circunstancias le empujen únicamente a la acción, ni pretende cambiar o corregir los planes de Dios, sino que busca -siguiendo el ejemplo de María y de los santos- obtener de Dios la luz y la fuerza del amor que vence toda oscuridad y egoísmo presentes en el mundo.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 19:31

    Ateismo según la Doctrina Católica

    Ateísmos (tomado del Documento Gaudium Et Spes)

    La palabra ateísmo designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que repuntan como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de laexistencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.

    Ateísmo sistemático

    Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Lo que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el don de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse según ellos con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.

    Entre las formas de ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia la vida futura es ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de medios de presión que tiene a su alcance el poder político.

    Actitud de la Iglesia ante el Ateísmo

    La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre libre e inteligente en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la Esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas es lo que hoy con frecuencia sucede , y los enigmas de la vida y de la muerte, la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación. (Constitución Gaudium et Spes números 19, 20 y 21).
    Escrito por: Cristian Ahumada - 00:28

    miércoles, 25 de enero de 2006

    ,

    Mesías y Mesianismos, según los escritos de Jon Sobrino

    La crisis del mesianismo: ¿Un Cristo sin Reino?

    Jon Sobrino parte haciendo un diagnóstico de la situación a la que se ha llegado a tener como horizonte la no-utopía mesiánica, ello dado por diversas causales, entre ellas la pos-modernidad, que ve a la utopía como algo que viene de las masas populares y que va en contra de la estabilidad, debido al temor de las dictaduras o movimientos populistas, fanáticos o paternalistas. Se ha ido ocultando el concepto de Mesías en nuestra cultura, por ello dice el teólogo vasco, citando a A. Salas: El mesianismo siempre ha sido y será el mejor revulsivo para afrontar los problemas del presente, abriéndose a un futuro cuajado de esperanza

    Este vaciamiento de contenido Sobrino dice que no tiene sólo raíces sociopolíticas, sino que de alguna forma comienza ya después de la muerte de Jesús, por tanto el problema es también eclesial y teológico, porque se va centrando en el nombre del mediador (Cristo Resucitado) y se va relegando a un segundo plano la mediación (la realización de la voluntad, el reino de Dios en las Palabras de Jesús, las esperanzas mesiánicas).

    El Mesianismo es central en la esperanza de los pobres, ya está visto en la formulación del Antiguo Testamento, en que se comienza a elaborar la noción de Reino de Dios, junto a ello aparece la figura salvadora del mediador, que en un principio era el rey, que a la vez era siervo de Dios, y que luego de la experiencia del destierro en Babilonia y de las experiencias de sometimiento y dominiopor parte de otras naciones se fue reformulando hasta concebir al Mesías como alguien que es liberador y que aplicará la justicia al pueblo de Israel. En el mundo del Nuevo Testamento las concepciones sobre el Mesías tenían distintas connotaciones, pero una cosa era cierta: la venida del Mesías no era en un ser abstracto, sino que histórico real, y que su reinado sería un reinado político. De ahí que las expectativas sobre Jesús no fueran menores, de ahí que se le llamase Mesías. Y que cuando se le preguntase sobre el tema no se aplique sobre sí este título para no causar una inadecuada concepción sobre él. Lo que provocará que en la primera comunidad la reflexión que se elabore lleve el concepto de Mesías un nivel salvífico trascendente. Según Sobrino el nombre de Mesías va adquiriendo mayor fuerza cuanto más se aleja del mundo judío, perdiendo su carácter de restaurador y salvador del pueblo. Y se fue convirtiendo en nombre propio. Según él quién Quien lo convirtió en título definitivo fue Pablo, excluyendo de él la connotación judía de rey terrestre y político, e introduciendo en él, el nuevo significado de salvación .

    Se ve en Sobrino que el énfasis que se trató dar fue en la predicación apostólica, el énfasis del mediador por sobre la mediación provocada, quizá porque el anuncio se centró en la predicación de la experiencia de Jesús resucitado, quien era la primicia del Reino de Dios y la concentración de todas las esperanzas del Pueblo de Israel, pero al anunciar a personas que no eran de Israel, la comprensión se fue centrando en La experiencia del Hijo de Dios, ello porque el anuncio de la Parusía al finalizar el primer siglo se fue dilatando y la esperanza de restitución de los justos y perseguidos a causa del evangelio fue decayendo.Ello queda de manifiesto en la experiencia de los evangelios como testimonio de lo que Jesús estaba anunciando. Se pasa de un ámbito histórico (la vida digna de los que siguen a Dios) a uno amartológico (liberación del pecado), las esperanzas pasan del pueblo a comunidad, que se apropia de una historia, que cambia en cierto sentido la parcialidad de Dios y de Jesús en los pobres históricos, en la Iglesia existe esta predilección pero ya no es tan central como la preocupación por el pecador. El peligro que se corre con esta comprensión es dejar de lado el real compromiso que tiene Dios y Jesús con la historia y la creación llevándola a su plena realización histórica, el mesianismo no es una ruptura de expectativas y esperanzas entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, sino su plena comprensión y esperanza.

    Re-valorar el concepto de Mesías
    Sobrino no se queda tan sólo con la crítica sino que quiere salvar los dos conceptos que están de por medio la mediación (reino) y al mediador (Jesús), articulando su propuesta en la inclusión del mediador en la mediación y su real compromiso con los pobres. Y que también ahora el tercer Mundo sigue clamando por un la mediación. De ahí que acuñe el término re-mesianizar a Cristo, un mesías con un reino para los pobres.

    Se comprende a Jesús como liberador y libre de toda connotación política y social como lo han presentado los sinópticos y que en América Latina Puebla lo ha querido manifestar de igual forma, es el encuentro con el Misterio de Jesús. Siguiendo, por tanto la experiencia del discipulado, descubriendo a Jesús como el cumplimiento de las expectativas del Antiguo Testamento, de la cercanía de Dios con los pobres y del Dios de las promesas. Además, una de las intuiciones que tiene Sobrino es que el término de Mesías debe tener sentido para los pobres ¿cómo el pobre puede centrar sus esperanzas en alguien a quien no conoce? De ahí la importancia de ver al Mesías como Liberador, pero comprendida desde un ámbito integral, de forma plena, en un constante proceso de liberación, omitiendo aquí todo lo que tenga relación con soluciones casi mágicas de los problemas. Por ello Sobrino centra su mirada en la comprensión de Jesús desde su misterio mesiánico y su concentración en la cruz. Esta imagen escandalosa ante el mundo destroza la visión mágica del mesianismo, que destruye toda construcción egoísta, avasalladora y mecánica, yendo al reverso de la misma historia, y el mismo mundo, creación de Dios, ve al mesías desde la óptica de la donación y entrega, de la denuncia y del acompañar a los marginados. El verdadero Mesías acaba en la cruz. No se parte del poder, sino desde los perdedores.

    Dentro de la postura de Sobrino, hay que destacar algo que ha venido haciendo en este último tiempo, el volver a la reflexión del anuncio de Jesús a partir del Evangelio. ¿Es Jesús una buena noticia?, si seguimos su planteamiento hay una ortodoxia (lo que se predica y reflexiona acerca de Jesús) y una ortopraxis (lo que hacemos y seguimos), se agrega un tercer paso, que esel del ortopathos, que se basa en la pregunta necesaria para todo creyente ¿cómo afecta en mi vida la realidad de Cristo?, y ¿si fuera otra persona que no fuera Jesús de Nazaret? El problema central aquí es i la persona del mismo Jesús se muestra como buena noticia. Nuevamente nos vemos enfrentados a la significación que tiene para cada uno de nosotros el título de Mesías. La novedad cristiana de Jesús como Mesías la encontramos a partir de nuestra propia experiencia del encuentro, como peregrinos reconocemos a una persona que con sus obras y palabras va mostrando la bondad de Dios, también para descubrirlo como un hombre que es libre y que libera, y que por encima de todas las cosas busca para los hombres la conquista de su libertad. Jesús, buscando cumplir la voluntad del Padre también busca el gozo y la esperanza de los marginados, por ello cada encuentro con Jesús es un encuentro de gozo y liberación, sus bienaventuranzas van dirigidas hacia los que están al margen de la historia de poder y prestigio. Celebrando la vida con los que lo buscan, celebran la misma bondad de Dios Padre. La cercanía de Dios es lo que hace que la buena noticia impacte a los pobres y los que son despreciados.

    De ahí que para los pobres la esperanza del Mesías está centrada en ese descubrimiento del reino cercano que es anunciado por Jesús, ya que la misma experiencia de Dios, ellos la viven en cercanía y compañía, y es en el testimonio de la misma Iglesia en que se juega la comprensión de ver a Jesús como Mesías del anuncio del Padre, lo que lleva a decir con un corazón abierto y sincero: Mesías, ¡ése es Jesús!
    Escrito por: Cristian Ahumada - 23:21

    El Rostro de Cristo (Gregorio Nazianceno)


    Hemos de alegrarnos en vez de entristecernos cuando prestamos algún beneficio.

    Si quitas las cadenas y la opresión, dice la Escritura, esto es la avaricia, la reticencia, las dudas y las palabras quejumbrosas, ¿qué resultará de ello?

    Algo grande y admirado. Una recompensa. Brillará tu luz como la aurora. Enseguida te brotará la carne sana. ¿Y quién hay que no desee la luz y la salud? Por esto, si ustedes me juzgan digno de alguna atención, siervos de Cristo, hermanos y coherederos suyos, visitemos a Cristo siempre que se presente la ocasión.


    Alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, demos albergue a Cristo, honremos a Cristo. No solo en la mesa como Simón. No solo con ungüento, como María. Ni solo en el sepulcro, como Joséde Arimatea. Ni con lo necesario para la sepultura, como aquel que amaba a medias a Cristo, Nicodemo. Ni, por último, con oro, incienso y mirra, como los magos. Sino que, ya que el Señor de todo quiere misericordia y no sacrificios, ya que la compasión está por encima de la grasa de millares de carneros, démosela en la persona de los pobres y de los que están hoy echados en el polvo, para que, al salir de este mundo nos reciban en las moradas eternas, por el mismo Cristo nuestro Señor, a quien sea la Gloria por los Siglos.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 23:07

    lunes, 16 de enero de 2006

    ¿Qué son los Fundamentalismos?


    A lo largo de la historia de la fe cristiana se han dado dos tendencias, una que se llama hermenéutica y otra que es la apologética, entre ambas se ha movido el péndulo de la fe durante estos dos mil años de historia cristiana. La hermenéutica, por una parte trata de actualizar, hacer presente y comprensible la fe a los conceptos, lenguaje y formas del lugar, tiempo o cultura en que se presenta, sin dejar de lado la esencia del contenido mismo de la fe, es lo que actualmente se conoce como inculturación; en cambio la apologética, tiene más bien que ver con el tema de la defensa de los contenidos de la fe cristiana, no es el hecho de defender por defender, sino que está en juego mucho más que palabras, son los contenidos, la esencia misma de la fe. Un ejemplo de ello se puede ver cuando se dice que Jesucristo es de la misma naturaleza (homousios en griego) que el Padre, y no equivocarse, como lo hicieron algunos hombres de la Iglesia que Jesucristo es de similar naturaleza (homoiusios) que el Padre. Por una simple "i", el contenido de la fe cristiana cambia radicalmente, porque afecta al concepto de salvación misma, tan importante para el ser humano, que busca superar el problema de la muerte.


    Ahora bien, estas dos tendencias dentro de la Iglesia Católica no son propias de ella, sino que de todas las religiones, y por ende, de sus contenidos de fe, ambas son necesarias para un equilibrio sano, en el cual se pueda respetar, entender, compartir o disentir de alguna idea, siempre en un clima de tolerancia y de diversidad. Pero podemos caer en la tentación de tomar una de estas dos posturas como bandera de lucha.

    Si nos vamos por la línea de la hermenéutica, nos quedamos con el concepto de tomar los contenidos de nuestra fe a la ligera, cayendo en un laxisms religioso (todas las religiones dan lo mismo, si llevan a la salvación), pero ninguna entonces cumplirá el cometido de dar sentido a la existiencia humana, es por ello que un laxismo religioso lleva al final a una indiferencia religiosa. En el cristianismo católico creo que se ha dado fuerte esto, ya que lo más importante que se nos ha inculcado ha sido un buen ejercicio de la libertad, pero ese ejercicio nos lo han entregado sin un contenido claro, y que la libertad viene dada con la responsabilidad; creo que de ahí vienen los problemas que se dan con la vivencia de los sacramentos y de un compromiso más profundo de parte de los cristianos.

    Si tratamos de comprender el fenómeno de la apologética, encontramos el temor contrario, si tenemos mucha libertad no sabremos qué hacer, por ello es fundamental los contenidos, y la forma de vivirlos tiene que ser al pie de la letra. De ahí entiendo que proviene la mayoría de los fundamentalismos religiosos. La sola scriptura que proponía Lutero ha calado tan hondo en la mente de nuestra sociedad que hasta el día de hoy vemos el fundamentalismo de decir "la Biblia lo dice", sin tomar en cuenta qué es lo que quiso decir, y para quiénes lo quiso decir. El fundamentalismo no da cabida a la libertad, sólo la letra es la que manda, y claro está con leyes claras sé por dónde puedo seguir. El fundamentalismo es la negación rotunda a optar por la libertad, y caen en ella los que se sienten en la obligación de cumplir con las normas, como los que critican a estas personas y piensan que tienen la verdad para ir en contra de ellos.

    Si vemos hoy en día es más fácil estar dentro de una religión que tiene las reglas claras, precisas, casi programadas, que en una religión en que sólo se dan orientaciones, pero que en ningún caso obliga a realizar tal o cual acto, y me pregunto: ¿Sería la Iglesia Católica capaz de obligar a sus fieles a prácticas fundamentalistas? Creo que no. Pienso que el problema lo hemos ido viviendo gracias al pluralismo, pero no hemos podido entrar en diálogo porque no tenemos claro cuál es nuestro discurso de la fe.

    Sobre el fundamentalismo musulman visita:
    Fanatismo y Fundamentalismo religioso
    Escrito por: Cristian Ahumada - 12:42

    2. ¿Qué significa "amar"?

    Creo que desde hace varios días cuando me he planteado el tema de la privatización de la fe, y mostrando que nuestro individualismos nos ha llevado a buscar un sistema particular de creencias, también ha llevado a profundizar en el significado de la palabra amor, y del acto mismo de amar. Hoy en día tenemos claro que la Biblia dice que "Dios es Amor" (lo dice la primera carta del apóstol Juan), y que por amor nos liberamos de las esclavitudes de las leyes y las normas que nos atan a un servilismo. Pero en realidad creo que no hemos profundizado en qué significa que Dios es Amor, o más específicamente que la esencia de Dios sea el amor.

    ¿Cuál es el significado de la palabra amor? Si lo buscamos en el diccionario de la RAE nos dirá:

    amor.

    (Del lat. amor, -ōris).

    1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

    2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

    3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

    4. m. Tendencia a la unión sexual.

    5. m. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor.

    6. m. Persona amada. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing. Para llevarle un don a sus amores.

    7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

    8. m. p. us. Apetito sexual de los animales.

    9. m. ant. Voluntad, consentimiento.

    10. m. ant. Convenio o ajuste.

    11. m. pl. Relaciones amorosas.

    12. m. pl. Objeto de cariño especial para alguien.

    13. m. pl. Expresiones de amor, caricias, requiebros.

    Sobre tantas definiciones de amor nos damos cuenta que existe una tendencia hacia algo o alguien, que lo vemos como objeto, una palabra contiene tantos significados y tantas que nos hace pensar que traicionamos el contenido real del amor.

    Los griegos tenían tres palabras para definir amor: éros, philía y ágape. Éros, tiene relación con todo el apetito sexual, de encuentro y de compromiso frente al otro. La Philía, tiene más bien, una afección hacia el conocimiento y el encuentro intelectual; el ágape, en cambio, se concentra en torno al compartir plenamente lo que se es y lo que se tiene.

    ¿Qué tiene que ver esto con la esencia de Dios? Pues bien, el amor es la esencia y el encuentro del hombre con Dios, no es tan sólo la insuficiencia del hombre frente a la necesidad del infinito, sino que también el entregarse plenamente. La esencia del Dios Trino es la comunicación y el amor, no la necesidad. Por ello es que el amor de Dios es la Donación y entrega plena.

    ¿Qué tiene que ver esto con la fe? Para entender una fe madura, hay que descubrirla desde la donación, la entrega amorosa de Dios hacia nosotros, y la respuesta de la persona que se siente amada, sin ningún mérito, gratuito, y que ha recibido un gran regalo, que en sentido cristiano es la salvación. Una salvación que no es privada ni privativa, sino que es generosa y que se comparte con otros.

    Uno de los grandes problemas de por qué la fe no es creíble en nuestros días, es que no hemos sido capaces de poder compartirla como debiéramos. Tal como lo dijo una vez Gandhi: "predicamos un Dios resucitado, pero no vivimos como resucitados", la fe si se viviera con amor, se compartiría y se haría creíble, pero mientras la vivamos de forma particular, poca credibilidad tenemos, y sólo nos quedan los ritualismos.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 00:28

    sábado, 14 de enero de 2006

    Cuestión de Fe

    Ya durante estas semanas he visto una serie de elementos que me han llamado la atención sobre la vida de Iglesia, y la vivencia de la misma, elementos que me han llevado a reflexionar en torno a la fe del cristiano de hoy. En nuestro Chile, y en toda sociedad, se ha dado una marcada tendencia a "privatizar" la fe, de maquillarla o adecuarla según nuestros propios criterios, y con una bandera de lucha que me es preocupante: el amor. Doy aquí mis argumentos para explicar mi punto de vista:

    1) La privatización de la fe
    Dentro del siglo XIX se había dado, en forma casi religiosa, una fe ciega a la ciencia, la cual a lo largo del tiempo iba a dar a la humanidad las soluciones a los más grandes problemas de nuestra existencia, el hambre desaparecería, las enfermedades ya no tendrían cabida en nuestro mundo, y por último el problema de la muerte sería cosa del pasado; y que la religión ya no sería el opio del pueblo, no daría discursos alienantes que hacían buscar el bien en un "paraíso" inexistente, y la misma religión sería excluida del mundo moderno. Esto con el tiempo no ha sido así, y es más, parece que gracias a los avances de la ciencia el optimismo fue cambiando a un pesimismo: ¿para qué nos ha ayudado la ciencia? cuando se da una cura a una enfermedad, ésta muta, cambia y no existe cura para el mal que se había solucionado. Pareciera ser que la ciencia no es la respuesta ante el problema de las enfermedades en el mundo; tampoco lo ha sido para la superación del hambre en el mundo, si un campesino produce para cien personas alimento, ¿no ha habido mala distribución de esos alimentos?¿Si en un país desarrollado se bota a la basura la producción de una tonelada alimentos cada una hora, mientras que en un país del tercer mundo se lucha por un plato de arroz?

    La fuerza de la humanidad ha llevado a una privatización de la fe, ya no existen los grandes discursos que hablan de comunidad, de compartir, de convivir. Un ejemplo de ello es que mientras estoy escribiendo este artículo ud, cómodamente sentado frente a la pantalla no socializa con una persona, sino que con un texto. Lo mismo ha pasado con la fe, el discurso común es decir: "yo me comunico con Dios, no soy mejor o peor cristiano si no voy a la Iglesia..., es que ya no les creo a los curas..., todo es obra de hombres y nada de Dios, ... creo en Dios, pero no creo en la Iglesia". Es algo común en los días de la Internet que nos encontremos con una fe atomizada, particularizada, en la cual nos damos cuenta que nuestro sistema de fe hay elementos que nos agradan y otros que no nos acomodan mucho en la fe de la Iglesia. Creemos que hay uniformidad en los contenidos y en la forma de ver la Iglesia. Propugnando que Dios es Amor y no reglamentos pensamos que la libertad es dada, la frase célebre de San Agustín: "ama y haz lo que quieras" ha sido mal entendida, y ocupada para hacer lo queramos, sin entender el verdadero y profundo sentido de amar.
    Escrito por: Cristian Ahumada - 12:10

    martes, 10 de enero de 2006