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lunes, 12 de diciembre de 2011

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La salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema de la Iglesia

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Fuente: caraacara.blogspot.com
Así es el último cánon del Código de Derecho Canónico (c.1752). Me acuerdo que mis queridos profesores de Derecho Canónico nos lo recalcaban al finalizar los cursos (Introducción al Derecho, Derecho Matrimonial, Orden, Derecho Sacramental). En latín dice así: "servata aequitate canonica et prae oculis habita salute animarum, quae in Ecclesia suprema semper lex esse debet", una traducción literal diría: Observando la equidad canónica para la salvación de las almas, que es el deber como norma suprema para la Iglesia.

El derecho puede ser muy frío, pero en la Ley de la Iglesia (desde su promulgación en 1983), la caridad pastoral supera a las normas, ya que Dios no se encasilla en las normas, sino que busca el deseo de que todos los hombres y mujeres se salven. 


Las leyes son orientaciones para la vida de las personas, y la Iglesia Católica como estado también ha de procurar leyes que vayan en servicio de los fieles y de los pastores, a veces se nos olvida que todos estamos regidos por estas normas que buscan la perfección de los fieles, algunos dirán ¿para qué si está el evangelio? Pero el evangelio no contempla las relaciones que hay entre Estados, o los pasos concretos a seguir en una serie de asuntos que se han desarrollado a lo largo de la historia misma de la humanidad.

Siendo eso así, aparece suficientemente claro que la finalidad del Código no es en modo alguno sustituir en la vida de la Iglesia y de los fieles la fe, la gracia, los carismas y sobre todo la caridad. Por el contrario, el Código mira más bien a crear en la sociedad eclesial un orden tal  que, asignando la parte principal al amor, a la gracia y a los carismas, haga a la vez más fácil el crecimiento ordenado de los mismos en la vida tanto de la sociedad eclesial como también de cada una de las personas que pertenecen a ella.
El Código, en cuanto que, al ser el principal documento legislativo de la Iglesia, está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición, debe ser considerado instrumento muy necesario para mantener el debido orden tanto en la vida individual y social, como en la actividad misma de la Iglesia. Por eso, además de los elementos fundamentales de la estructura jerárquica y orgánica de la Iglesia establecidos por el divino Fundador o fundados en la tradición apostólica o al menos en tradición antiquísima; y además de las normas principales referentes al ejercicio de la triple función encomendada a la Iglesia misma, es preciso que el Código defina también algunas reglas y normas de actuación.
(Sacrae Disciplinae Leges)

Pero me quiero detener en el último Canon, todos los pastores deberían tenerlo pegado en alguna parte de su ropa, pues ninguno de ellos es juez o legislador (título que sólo corresponde al Papa, y que le fue dado por la autoridad petrina). Jesús no condenó a nadie, sino que buscó con fuerza la conversión y el corazón arrepentido del pecador; nunca cesó de perdonar a quienes lo ofendían. No puede ser posible que hay pastores jóvenes que se crean con la inspiración de condenar o decir: "sálvese usted, pero si otro está en pecado, no se preocupe, sólo sálvese usted" (no caigo en violar el sigilo, porque ni siquiera hubo un sacramento, tal como me lo ha contado un amigo). Es penoso que no exista esa preocupación de acercar al rebaño a quien se siente apartado. ¿Qué es lo que estamos haciendo que no acompañamos a nuestros pastores corrigiendo su conducta? Ellos deberían tener los mismos sentimientos de Cristo (así como nos lo dicen a nosotros), pero la caridad pastoral no significa andar con el bastón de juicio y condena, sino con la vara de la guía y protección. Es lo primero que se debe observar.

Esto lo escribo con cariño y a la vez dolido, hay muchos hombres y mujeres que siguen fieles a la Iglesia, a pesar del dolor de la separación, sé que les cuesta entender que deben estar alejados del sacramento de la Eucaristía, especialmente en la comunión eucarística, por ser un signo de unidad y de unión entre Cristo y la Iglesia, y muchos lo entienden, y sufren por ello. Pero no somos quienes para estar dándonos de acusadores (que coincidentemente es también una de las características del demonio) diciendo: "tú estás mal hermano, tienes que cambiar", sabiendo que sólo la sanación la da Cristo, y el llama de manera acogedora, pero corrigiendo.

Los cristianos, también deberíamos vivir este último canon: "La Salvación de las almas deber ser siempre la ley suprema de la Iglesia".


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