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martes, 11 de mayo de 2010

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Penitencia

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Después de un silencio obligado puedo manifestar a texto limpio y sin necesidad de estar esperando que mis ideas se vean guardadas en textos de papeles, quiero compartir el dolor que he visto y vivido por causa de los pecados de los sacerdotes que han escandalizado al mundo que se dice "civilizado".

Esto siempre se ha sabido, pero hoy lo vemos de manera realmente aterradora: la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos de afuera, sino que nace del pecado en la Iglesia, y la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender por una parte el perdón, así como la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia

Estas palabras de Benedicto XVI expresadas en su viaje a Portugal manifiestan de forma muy sintética el dolor que vive (vivimos) en comunidad, varios amigos sacerdotes son apuntados con el dedo como si fueran degenerados o criminales de guerra que caminan impunes por las calles, ha sido muy doloroso ante el mundo que estos hombres se han sentido solos, un dolor que es compartido por el Papa. El pecado corrompe, sin darnos cuenta la experiencia del hombre, necesitado de trascendencia, hacia Dios que es la fuente de la misma.

El testimonio ha sido la carta de presentación de los cristianos y semilla de nuevos hijos e hijas de Dios, pero el escándalo ha hecho que, de forma interna, ha causado el menoscabo de la credibilidad de la institución. He aquí el punto central, la confianza no ha de cifrarse en la institución, sino que en el fundador de la misma, es la fe en Cristo quien da los cimientos de la Iglesia y no la organización la que da las seguridades.

Es necesario purificar nuevamente las opciones que hemos hecho, por mi parte, el dolor que he sentido es parte del proceso de penitencia, un ejercicio que será necesario vivir desde dentro. Ya no se puede tener la experiencia triunfalista de la época medieval, sino más bien, desde la humildad del vaciamiento de tanto que nos ata al poder.

El poder mismo siempre ha sido el gran pecado de la Iglesia, desde Constantino hasta nuestros días, el poder se ramifica en las diversas formas y notas, desde la compra de los títulos, o el lujo del renacimiento, alejándonos de la verdadera fuente, si antes hubo hombres como Francisco de Asis y Martín Lutero que denunciaron el pecado de la Iglesia, hoy es la conciencia global la que nos habla, y somos nosotros mismos quienes debemos cambiar el rumbo de esta situación. No podemos dejar solos a nuestros sacerdotes hoy en día, somos Iglesia y no testigos de este macabro teatro que estamos viviendo.

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