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lunes, 28 de junio de 2010

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Dios, principio y fin de nuestra santificación

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No es platónico, sino bíblico: Dios no el "el eterno célibe de los siglos". Es amor, es bondad. Hace que aparezcan seres fuera de él para conducirlos y relacionarlos con él haciéndoles participar de lo que él es soberanamente, del principio y término de su existencia. Fuera de él coloca seres semejantes a él, capaces de conocer y de amar libremente. Coloca en el interior de ellos un movimiento y, por consiguiente, un deseo que es en ellos el eco de su propio deseo, que nos ha revelado como su Espíritu. Podríamos situar aquí la idea especialmente aprecidada por algunos espirituales de la escuela francesa, según la cual el Espíritu, al no terner fecundidad intradivina, por ser término de las procesiones, se torna fecundo fuera de Dios, en la encarnación del Verbo y en la santificación de los hombres.

Principio como amor, realizador de nuestra vida de hijo de Dios como don, el Espíritu consumará esta cualidad en nosotros. Él suscitó la humanidad de Jesús en María, el ungió y santificó esta humanidad en su acción mesiánica; mediante la resurrección y glorificación, él, terminó de hacer de su humanidad una humanidad de (Hijo de) Dios. Durante la vida terrestre de Jesús, el Espíritu tenía en él su tiempo que contenía a todos los hombresn en intención y en potencia de asumirlos como hijos de Dios. Después de la glorificación del Señor, tienen ese templo en nosotros y en la Iglesia. Realiza en nosotros las mismas operaciones de nacimiento anothen (de lo alto y de nuevo... Jn 3,3), vida como miembro del cuerpo de Cristo, consumación de esta cualidad en nuestro cuerpo mismo, en la gloria y libertad de los hijos de Dios (Rom 8,21-23).

Esta obra del Espíritu en Cristo y en nosotros constituye un mismo "Misterio", el misterio cristiano del que san Pablo habla como de un designio, formado en Dios antes de la creación del mundo (Ef 1,4; 3,11; Jn 17,24), pues a nivel de la vida intradivina, el término "antes" designa una anterioridad no cronológica sino de orden en el designio divino. Este plan permaneció oculto o secreto durante siglos (Rom 16,25-26; Col 1,26). Ha sido revelado en la lectura y en el anuncio que hicieron de él los apóstoles, los profetas, Pablo. Se refiere a Dios como amor -Dios se comunica- y como gracia. Deriva del misterio de Dios mismo. Antes de la fundación del mundo, el Padre concibe a su Verbo-Hijo, como destinado a tomar humanidad, por el Espíritu Santo en María, hija de Sión; tomar una humanidad capaz de recomenzar y de acabar la que salió de Adán; ser la del "primogénito de una multitud de hermanos" (Rom 8,29).

Ciertamente no podemos confundir lo libre y lo necesario en Dios, pero ambos aspectos se identifican, por una parte, en él; por otra parte, San Pablo no señala distinción o diferencia alguna entre el Cristo y el Hijo preexistente a la encarnación redentora. Finalmente, lo que llamamos la Trinidad económica -es decir, el compromiso y la revelación de las personas divinas en la historia de la Salvación- es la Trinidad inmanente, el Dios Trino y Uno en su absoluto. (...) Estas profundidades nos superan por completo, su comprensión queda reservada al mundo venidero aunqeu tampoco entonces será total. Aquí abajo sólo podemos blabucear alguna cosa apoyándonos en las Escrituras. Cristo es la imagen del Dios invisible y el hombre fue -es- hecho a imagen de Dios. Tanto el hombre salido de esta tierra como Cristo, Hijo de Dios, salen de Dios, como si hubiera en Dios una humanidad cuya expresión fue temporal -por Adán al comienzo, por Cristo en la consumación de los tiempos-, pero cuya idea es coeterna a Dios. El misterio no reside únicamente en que Jesucristo sea Dios, sino, en primer lugar y de manera más radical, en que Dios sea Jesucristo y que se exprese en dos imágenes, hechas la una para la otra, el hombre y Jesucristo que, de conidición divina, se asemejó y unió a los hombres hasta lo más alto de su destino y ha sido levantado hasta los más alto, arrastrando a los hombres consigo, porque "uno solo sube al cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3,13). Para subir allá con él es preciso haber renacido en él del (agua y del) Espíritu (Jn 3,5)

De esta manera, el Espíritu es el principio realizador de "misterio cristiano", que es el misterio de Hijo de Dios hecho hombre y que hace que los hombres nazcan cmo hijos de Dios. En teología católica hablamos de la "gracia" corriendo a veces el riesgo de cosificarla, cuando ella es inseparable de la acción del Espíritu o gracia increada. Sólo Dios es santo; sólo Dios santifica por y en su Hijo encarnado, por y en su Espíritu: "Dios os ha escogido como primicias para la salvación por la santificación del Espíritu y por la fe en la verdad" (2Tes 2,13).

(Yves M-J Congar, El Espíritu Santo, Herder, Barcelona, 1990)

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