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miércoles, 21 de mayo de 2008

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Tradiciones

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Un tiempo atrás estaba comentando a unos alumnos de clase de tercero medio que los valores van en un "ranking" de popularidad, dependiendo de la cultura y del contexto histórico en que se viven, en el fondo cada valor tiene su momento dependiendo de las circunstancias que se dan. Si me hubiese escuchado Risieri Frondizi o Max Scheler me hubiesen colgado vivo sobre la opinión que doy a los jóvenes sobre la axiología (estudios de los valores).


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¿Por qué? Simplemente porque los valores tienen algo que nosotros vamos descubriendo y que los hace valiosos, pero también tienen valor por sí mismos, porque no son categorizables en una escala. Todo valor en sí es importante (de ahí la palabra valor), pero que no puede caer en una subjetividad arbitraria.
¿De qué depende entonces que tengamos escalas de valores? simplemente de los criterios que apliquemos a la hora de establecer nuestro lugar en el mundo. De ahí que haya tantas diferencias en definir qué valor o valores son los más importantes. Sé que dirán algunos que el valor de la vida será el más importante, pero nos encontraremos que para otros es la nación, el conocimiento, el poder, y para los cristianos será el amor.

Hoy en día nos encontramos ante una subjetividad tan salvaje que los valores son como productos de un supermercado, que los tomamos de estantes y luego nos desechamos de ellos, dependiendo de las circunstancias es cuando los utilizamos, ya sea para nuestros discursos, ya sea para ocasiones en que tenemos que vestirnos de "moralidades", e incluso para entrar en ciertos círculos de personas. Los valores, desde este punto de vista cobran un sentido social.
Pero los valores lo que han hecho a lo largo de nuestra humanidad ha sido, y espero que sigan siéndolo, la sal que preserva las más valiosas tradiciones y costumbres, un ejemplo de ello es en la cultura militar, en que el honor es el valor que trasciende a todo hombre y mujer que viven dentro de su institución. En el caso de la Iglesia la Tradición (con mayúscula), junto con la Palabra, es fuente de la Revelación (según nos recuerda Dei Verbum). Sin ella el cuerpo eclesial se deforma, son los principios que han hecho que esta institución después de 2000 años haya seguido adelante con la asistencia del Espíritu Santo.

Hoy en día el relativismo ha hecho mella en las tradiciones que tenemos dentro de nuestro humanismo, el cuestionarse el porqué de las cosas y de los hechos que vivimos ha sido un arma de doble filo, desde un punto de vista positivo nos ha servido para determinar el sentido y la razón de ser; pero desde un punto de vista destructivo nos ha hecho ver su "utilidad" para satisfacer nuestras ansias de dominio. Es cierto que las tradiciones se van adaptando, pero también es cierto que no se pueden cambiar a las mismas por un simple capricho de unos pocos, o por creer que la mayoría "siente" que tiene la verdad (ya nos lo recordaba Juan Pablo II en Veritatis Splendor).

Los valores y las tradiciones no son por mayoría de votos, sino porque en el hombre hay algo que ha descubierto que, gracias a ellos, se puede realizar y humanizar de forma más plena.

Cuando se lucha por los derechos a un aire limpio, por la dignidad de la mujer, por una educación de calidad y equidad en las oportunidades a la hora de trabajar, lo equiparamos (de una forma egoísta) con el derecho que "debería" toda mujer de "administrar" su útero, o con el derecho de la ciencia por el valor de la investigación, de emplear embriones híbridos para descubrir nuevas formas de tratamiento y medicamentos. Entonces decimos que los valores entre sí chocan, cosa que no es cierta, lo que chocan son los intereses particulares de personas o grupos de personas que aplican arbitrariamente su criterio a la hora de sus intereses. En el fondo, quien es señor de esta creación, el Ser Humano, pasa a ser objeto de los intereses particulares.

No desoigamos las tradiciones más arcanas de nuestra humanidad, ellas nos relatan y con una profunda intuición nos dicen que el centro de esta creación es el hombre, que está en medio de este Kosmos (como lo escriben los griegos para decir orden), y que su vida es tan valiosa que todo gira en torno a él y su relación con su entorno. No nos rebajemos a ser simples objetos y no veamos al otro tampoco como un objeto (tal como Sartre nos relataba en sus libros, no cosifiquemos al que nos es posible cosificar).

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