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jueves, 5 de febrero de 2009

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Bajar de la Cruz a los Pobres

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Esta imagen es de la portada del libro "Bajar de la Cruz de los Pobres: Cristología de la Liberación", es un libro de más de 300 páginas, en que se desarrolla la visión de la cristología en este último tiempo. Hoy simplemente quiero compartir el epílogo que lo escribió Jon Sobrino, algo fuerte y contundente para entender a partir de la portada por qué sigue siendo importante la teología hoy.

En el dibujo de Maximino los pobres, hombres y mujeres, cuelgan de una cruz. No es ésa metáfora de economistas, ni «pueblo crucificado» es lenguaje políticamente correcto. Colgar de la cruz puede ser lenguaje del arte. Y entre nosotros, no en todas partes, es también lenguaje de teólogos y teólogas. Pobres son los empobrecidos, y muchos de ellos mueren -lenta o violentamente- por serlo. De hambre mueren cien mil personas al día, y cada siete segundos un niño de menos de diez años. Y como el hambre puede ser superada, «un niño que muere de hambre hoy, muere asesinado». Lo dice Jean Ziegler, relator de la ONU para la alimentación.

La cruz es, pues, todo menos metáfora. Significa muerte y crueldad, a lo que la cruz de Jesús añade inocencia e indefensión. A los teólogos cristianos la cruz nos remite a Jesús de Nazaret. El es el crucificado. Por eso, al llamar a los pobres de este mundo pueblo crucificado se les saca del anonimato, y además se les otorga máxima dignidad. «Ustedes son el divino traspasado», dijo Monseñor Romero, a campesinos aterrorizados, sobrevivientes de la masacre de Aguilares. «El pueblo crucificado» es siempre «el» signo de los tiempos, escribió Ellacuría.
Y en el título también se dice lo que hay que hacer con ellos: «bajarlos de la cruz». San Ignacio de Loyola -celebramos ahora 450 años de su muerte- pedía al ejercitante que se reconocía como pecador que se hiciese tres preguntas ante el crucificado: «qué he hecho, qué hago y qué voy a hacer por Cristo». Entre nosotros -historizando esta tradición- nos preguntamos «qué hemos hecho para que nuestros pueblos estén crucificados, qué hacemos para bajarlos de la cruz y que vamos a hacer para resucitarlos». No hay aquí hybris de ninguna especie. Hay reconocimiento de nuestro pecado, hay expresión humilde de conversión y hay decisión, agradecida, de salvar. En filosofía a esto se llama «encargarse de la realidad». En teología expresa «la misión de los cristianos», la praxis.

Y hay que añadir algo más importante y más olvidado. Bajarlos de la cruz no es sólo compasión, opción por los pobres. Es devolver a ellos un poco de lo que ellos nos dan. Sin saberlo, por lo que son y muchas veces por los valores que poseen, nos salvan, nos humanizan, nos perdonan. Al cargar nosotros con su realidad, una pesada cruz, nos sentimos cargados por ellos. Son bendición.


La teología de la liberación elabora varios contenidos importantes. Sólo voy a recordar que habla de Dios como el misterio absoluto, e insiste en su novedad escandalosa y salvífica: la transcendencia se ha hecho trans-descendencia, en palabras de Leonardo Boff, para ser así condescendencia, acogida, perdón, amor, liberación.

Habla de Cristo, como el sacramento del Padre. En él se hace presente la divinidad a la manera de filiación. Y es liberador. Sobre esa tierra, liberador es su anuncio utópico del reino y su denuncia profética del antirreino. Liberador es su mensaje del Abba, el Dios que nos acoge y nos saca de nosotros mismos. Liberador es su amor hasta el final, en cruz, y la esperanza de que el verdugo no triunfará sobre la víctima. Liberador es su modo de ser, compasivo, respetuoso, dignificante. Y liberador es también que Jesús se deja evangelizar por una pobre viuda.

No voy a seguir con los contenidos, pero sí voy a comentar sobre algunas dimensiones formales de esa teología. Lo primero es que puede tener aciertos y errores, puede ofrecer salvación y peligros. Y sobre ello quiero hacer un breve comentario.
En lo personal estoy presto -y pienso que todos lo estamos- a enmendar lo que sea error. No veo aquí ningún problema. Lo que veo más necesario es la responsabilidad de todos, según la naturaleza de cada instancia, adminstrativo-jerárquica, intelectual, académica -y también el sensus fidei del pueblo de Dios-, para que la fe sea viva y vivificante, y para que la teología sea veraz, verdadera y salvífica.

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