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lunes, 20 de octubre de 2008

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Los Católicos y la Biblia

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Voy a estar haciendo una serie de artículos relacionados con el estudio de la Biblia, más bien con los hitos que marcaron al mundo católico en la lectura y comprensión de las Sagradas Escrituras en el siglo XX.

Pero antes de empezar voy a dejar claros algunos antecedentes que preceden a todo el estudio de la Biblia, y que quizá den luces de por qué en el catolicismo (especialmente en Latinoamérica) la Biblia es poco leída, y aún menos entendida por el pueblo fiel, y de ahí que los hermanos de otras denominaciones hagan uso, y sea la fuente de su crecimiento.

Separación entre Escritura y Tradición

Un hecho que ha marcardo la experiencia bíblica en el mundo católico ha sido la Reforma llevada por Martín Lutero en el siglo XVI, a pesar que la Biblia sea el libro más difundido en el mundo, esto no significa que haya sido el más leido. Las traducciones que existían en ese momento sólo eran hechas de la Vulgata (traducción hecha por San Jerónimo de los originales hebreos y griegos al Latín), pero no existía una traducción a las lenguas vernáculas (que se estaban hablando en los inicios de la época moderna).

Lutero empezó a buscar nuevas formas de evangelizar, y de ahí que haya hecho la primera traducción de la Biblia a una lengua vernácula (de hecho se le considera el padre del alemán). Poniendo así el énfasis en la sola scriptura y dejando de lado la tradición de la Iglesia.

Este acontecimiento fue el que llevó al estudio de las sagradas escrituras, por parte del mundo protestante, y provocando un cierto rechazo de parte del mundo católico a todo estudio científico de la Biblia (de hecho la Iglesia Católica se encerró a dichos estudios hasta muy avanzado el siglo XX), esto era un abierto rechazo a la modernidad.

Entre 1905 y 1915 la Pontificia Comisión Bíblica publicó una serie de conservadoras decisiones sobre la composición y la autoría de la Biblia. Aunque expresadas con matices, estas decisiones iban en contra de las tendencias de las investigaciones contemporáneas sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los eruditos católicos fueron obligados a dar su asentimiento a estas decisiones y a enseñarlas.

Citando un texto aparecido en Zenit.org:

Tras 40 años de marcada oposición, la Iglesia católica en los cuarenta, bajo el pontificado de Pío XII, hizo un innegable cambio de rumbo hacia la crítica bíblica. Aquella encíclica de 1943 del Pontífice "Divino Afflante Spiritu" instruyó a los eruditos católicos para que usaran los métodos de acercamiento científico a la Biblia que hasta entonces les estaban prohibidos debido a la promulgación de la Encíclica Providentissimus Deus, que veía estos estudios como deformadores de la verdad que contenían las Sagradas Escrituras. A partir de Pío XII parecía bueno que los eruditos católicos adoptaran los métodos previamente prohibidos. Un aspecto particular de la encíclica alejó definitivamente a los católicos del fundamentalismo: el reconocimiento de que la Biblia incluye muchas formas o géneros literarios diversos, no sólo historia.
En el plazo de 10 años, profesores preparados en crítica bíblica comenzaron a moverse en gran número en las aulas de los seminarios y universidades católicas, por lo que la mitad de los años cincuenta marcó la línea divisoria. En aquel tiempo el seguimiento del método científico llevó a los exégetas católicos a abandonar casi todas las posiciones sobre autoría y composición bíblica adoptadas por el Vaticano a comienzos del siglo.

Crítica histórica

"Divino Afflante Spiritu" produjo un enorme crecimiento en los estudios bíblicos católicos. Se prepararon nuevos profesores, y los resultados del cambio de postura hacia las Escrituras se comunicaron de forma gradual a la gente - los mismos pasos que había impulsado Pío XII. El "Papa Pacelli" abrió la aplicación del método histórico-crítico a la Biblia, y estableció las normas doctrinales para el estudio de la Sagrada Escritura, haciendo hincapié en la importancia de su papel en la vida cristiana.

He aquí el texto central de dicha Encíclica:
No hay quien no pueda fácilmente echar de ver que las condiciones de los estudios bíblicos y de los que para los mismos son útiles han cambiado mucho en estos cincuenta años. Porque, pasando por alto otras cosas, cuando nuestro predecesor publicó su encíclica Providentissimus Deus, apenas se había comenzado a explorar en Palestina uno u otro lugar de excavaciones relacionadas con estos asuntos. Ahora, en cambio, las investigaciones de este género no sólo se han aumentado muchísimo en cuanto al número sino que, además, cultivadas con más severo método y arte por el mismo ejercicio, nos enseñan muchas más cosas y con más certeza. Y, en efecto cuánta luz brote de estas investigaciones para entender mejor y con más plenitud los sagrados libros, lo saben todos los peritos, lo saben cuantos se consagran a estos estudios. Crece todavía la importancia de estas exploraciones por los documentos escritos hallados de vez en cuando, que contribuyen mucho al conocimiento de las lenguas letras, sucesos, costumbres y cultos más antiguos. Ni es de menor interés el hallazgo y la búsqueda, tan frecuente en esta edad nuestra, de papiros, que ha tenido tanto valor para el conocimiento de las letras e instituciones públicas y privadas, principalmente del tiempo de nuestro Salvador. Se han hallado además y editado con sagacidad vetustos códices de los sagrados libros; se ha investigado con más extensión y plenitud la exégesis de los Padres de la Iglesia; finalmente. se ilustra con innumerables ejemplos el modo de hablar, narrar y escribir de los antiguos. Todo esto que, no sin especial consejo de la providencia de Dios, ha conseguido esta nuestra época, invita en cierta manera y amonesta a los intérpretes de las Sagradas Letras a aprovecharse con denuedo de tanta abundancia de luz para examinar con más profundidad los divinos oráculos, ilustrarlos con más claridad y proponerlos con mayor lucidez. Y si con sumo consuelo en el alma vemos que los mismos intérpretes esforzadamente han obedecido ya y siguen obedeciendo a esta invitación ciertamente no es éste el último ni el menor fruto de las letras encíclicas Providentissimus Deus, con las que nuestro predecesor León XIII. como presagiando en su ánimo esta nueva floración de los estudios bíblicos, por una parte invita al trabajo a los exegetas católicos, y por otra les señaló sabiamente cuál era el modo y método de trabajar. Pero también Nos con estas letras encíclicas queremos conseguir que esta labor no solamente persevere con constancia, sino que cada día se perfeccione y resulte más fecunda, puesta sobre todo nuestra mira en mostrar a todos lo que resta por hacer y con qué espíritu debe hoy el exegeta católico emprender tan grande y excelso cargo, y en dar nuevo acicate y nuevo ánimo a los operarios que trabajan constantemente en la viña del Señor.


Gracias a Pío XII, el mundo católico empezó una nueva comprensión de la Biblia, y su sentido profundo, no para "destriparla", sino más bien, para profundizar en el sentido de los textos para nosotros hoy.

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