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jueves, 18 de febrero de 2010

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Desierto

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El día de ayer estuve haciendo referencia al tema del desierto, como lugar de encuentro del pueblo de Israel con la intimidad de Dios. Pero a menudo pensamos que el desierto es el lugar de la muerte, pero para nuestro imaginario romántico caemos en la creencia de que los hebreos tenían dos opciones: vivir con Dios o perecer en el camino. Pues no es así.

El desierto es el lugar por preferencia donde Dios habla, de hecho la palabra desierto en hebreo (midbara) tiene mucho que ver con la vocablo Dabar (palabra), en una traducción más bien literal el desierto, según la mentalidad hebrea es el lugar en que se llena de palabras.

Y esto, en nuestra propia experiencia suele ser algo común, no es de extrañar que cuando estamos hospitalizados, tenemos muchas horas para tener tiempos de soledad (de desierto si lo quisiéramos poner de la misma manera), en que como no tenemos con quién conversar, nuestro mayor interlocutor somos nosotros mismos, de ahí que nos llenamos de palabras, ideas, imágenes y recuerdos, con que tratamos de cambiar nuestras propias acciones. Pero también es el lugar en que Dios habla, en medio de tantos soliloquios aparecen también los diálogos y tentaciones.

Aunque sea un tanto contradictorio, porque el desierto es un lugar en que hay que deshacerse de las cosas que traemos antes de entrar al encuentro con las palabras de Dios.

No hay dos opciones en el desierto, porque una vez que se entra el único encuentro es con Dios, y la elección es hacia la vida.

Por tanto, he aquí, la seduciré,
la llevaré al desierto,
y le hablaré al corazón.

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