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lunes, 1 de febrero de 2010

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Jesús: una palabra libre

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Esta reflexión es parte de un texto corto, pero profundo del Teólogo francés Christian Ducoq, "Jesús, hombre libre". He querido compartirlo porque me parece que ante tantos comentarios que están encasillando la reflexión de Jesús en torno a tal o cual ideología, incluso en el mundo de la teología, es bueno dar un buen paso con estos pensamientos que a momentos más que iluminar perturban y confunden más el caminar en la fe.

Una palabra libre

Esta libertad es la que aparece también en su enseñanza y en su modo de existencia, del mismo modo que aparecía en sus relaciones sociales. Sus oyentes quedaron impresionados por su forma de enseñar: enseñaba con autoridad (Mc 1, 22), no como los escribas y fariseos. Estos no hacían más que comentar, Jesús parecía un creador. La idea que de la ley y de la religión judías se forjaban los escribas y fariseos no les permitía otra actitud. Por eso, el debate entre ellos y Jesús se concentra en la manera con que él se refiere a la ley. Hay múltiples episodios en los evangelios consagrados a las controversias que surgieron sobre temas de observación ritual. Juzgando superficialmente las cosas, nos podría fácilmente parecer exagerada la importancia que les conceden los evangelistas. En realidad, esos episodios nos describen debates concretos para manifestarnos hasta qué punto estaban ligadas en Jesús la enseñanza y la actitud. Su palabra es un comentario de su comportamiento. A las acusaciones de los fariseos contra sus discípulos de que no respetaban la tradición de los "antiguos" (Mc 7,2), Jesús responde poniendo en cuestión el origen divino de esas observancias; se trata de costumbres humanas y ha y que juzgarlas humanamente. Se les atribuye un valor desmesurado, hasta llegar a sacrificar por ellas el mandamiento de Dios de no hacer daño a nadie (Mc 7,9-14). La trasgresión del sábado ocasionó oposiciones violentas: Jesús muestra el sentido de su conducta y de la de sus discípulos. O bien apela a la libertad que se tomó una de las mayores figuras de la religión judía, David (Mt 12,1-8), o bien recuerda ciertos datos evidentes para todo el que no sea fanático: "El sábado está hecho para el hombre". Los maestros de Israel son culpables de invertir el orden, con el pretexto de honrar a Dios; se olvidan de que lo único que cuenta a sus ojos es la misericordia, y no el sacrificio (Mt 12,7). El sentido común de Jesús enuncia la estupidez de la tacañería legal cuando le reprochan que cura en día del sábado, en contra de las prescripciones de la ley: "¿Qué hombre hay entre vosotros que tenga una sola oveja, y, si se le cae en un hoyo en día festivo, no vaya a buscarla y sacarla?" (Mt 12, 11).

La libertad de Jesús ante la ley es la que le confiere sentido a esa ley. La ley debe juzgarse, en su práctica concreta, por la doble exigencia del amor de Dios y del prójimo (Mt 7,12; 22,37-40; Mc 12,28-34). Si Jesús no tiene miedo a traspasar la ley hasta llegar a escandalizar a los maestros de la religión, es porque su libertad es una forma de su amor al prójimo (Mt 7,12).

El "sermón de la montaña", esto es, los capítulos 5-7 de Mateo, que reúne en una sola exposición las palabras dispersas de Jesús, tiene su origen en esta actitud de libertad. Jesús no se apoya en ninguna tradición: "Habéis oído que se dijo... Pero yo os digo..." (Mt 5, 43-44). Jesús señala, en un estilo paradójico, dónde está la fuente de su propia conducta, cuya regla de oro es la de no basarse más que en su actitud filial ante Dios y en su amor efectivo al prójimo. Jesús no promulga una ley nueva, no hace una teoría de la ley, sino que adopta una actitud que critica radicalmente la función que se le hacía desempeñar a esa ley. Esa opción extraña escandaliza. Es tan nueva que el pueblo se siente impresionado por la autoridad con que la hace suya. El pueblo y los fariseos quedan conmovidos ante esta libertad e intentan descubrir su origen. No es la libertad del pecador, porque entonces la ley tendría razón en contra de él. La libertad de Jesús es de otro orden. Los fariseos, los escribas, los saduceos, sienten miedo: creen que es peligroso ese comportamiento de Jesús. Aprietan a Jesús con sus preguntas, le tienden asechanzas. Esperan llegar a definir su conducta dentro de las categorías ya conocidas. Jesús les desconcierta; se ha abierto una brecha en su sistema religioso. La libertad de Jesús se impone hasta el punto de que no pueden esquivar la cuestión que plantea. Les irrita, les obliga a tomar partido, les obliga a ser ellos mismos. Y llegan hasta los juicios más extremos, hasta acusar de magia a aquel que tiene autoridad sobre los posesos.

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